Nombre de batalla, un cuento de juliomartinez

– Vea Antonio, yo sé que es bien justo para los dos no seguir en este juego

– Um? cuál juego, yo no estoy jugando si es que a usted, cualquier cosa le parece juego

– No, no digo juego, lo que quiero decir es que no es justo que yo sepa en que anda usted…

– y yo? en que ando yo?

– Pues no nos hagamos bobos, usted se ve con esa mujer, y son amantes…

– Cuál mujer usted? cuál mujer?

– Esa que le dicen “la barajita”…

– “La barajita”?

– Sí, le dicen así porque, usted como que no supiera, le dicen así porque ahí anda de mano en mano…

Antonio calló, como callan los hombres cuando se sienten acorralados por una mujer más lista que ellos, en realidad cualquiera de las mujeres de este mundo es mas lista que cualquiera de los hombres. Ya no dijo nada.

Solo se puso a pensar en la Marina Concepción, y en el trato que ella le daba. Es que el reclamo de la Esther era real y estaba fundamentado porque a ella le habían llegado con el cuento, que no era tan cuento sino mas bien verdad, solo que de esas verdades que duelen, y duelen hasta el alma, como a ella le dolía que el Toño buscara a otra.

Tampoco Esther era la virgen María, ella era tan pretenciosa que le hacía saber al Antonio, cada vez que quería, que ella lo tenía comiendo de su mano, que la necesitaba y que se sabía necesitada. Tan necesitada que se daba el “taco” de decírselo abiertamente, quizá por eso, por el despecho, por sentirse ya no necesitada, porque Antonio había encontrado a otra, ella estaba tan resentida.

– De seguro a vivir con esa mujer va, es que no me lo niegue, ustedes ya tienen su tamal armado.

¿Vivir con ella? Eso no se lo había planteado nunca el Antonio. Ve, si la Marina Concepción no era ni su novia, ni su mujer, ese era un amor de pago, era un vivir el momento, no era más que una cita concertada con que querés y cuánto vale.

Pero, había una cosa cierta en todo eso, a pesar del pago, ese trato tan cariñoso le hacía sentir como si estuviera con la mujer soñada, con la que le escuchaba y ponía atención a todo, diciéndole sí a cada pregunta y oliendo a perfume que él mismo Antonio le había comprado. Además, como dice una amiga mía, la Marina estaba de buen ver… si lo único que le molestaba era esa su manía de negociar un beso con cualquiera. En realidad no era una manía, sino una forma que había encontrado para vivir.

Al día siguiente, se deslizó después de su trabajo, como quien no quiere la cosa, de manera furtiva hacia donde la del buen ver. La encontró “ocupada”, y decidió esperar, con un apenas de celo.

Al rato, del cuarto de la Marina salía un tipo (¿un tipo?, un bandido) peinándose, y sonriendo. Antonio decidió entonces, bajar la mirada y caminar hacia esa mujer que lo mantenía pensando en ella.

– Marina, quiero hablar con vos…

– ¿Hablar? aja, vamos a ver tierno, de que querés hablar conmigo? ¿te vas a quedar un rato?

– Um? bueno, sí, en realidad no, no me voy a quedar, solo necesito hablar con vos.

A Marina eso no le supo a lo de siempre, se puso curiosa y lo miró detenidamente, lo abrazó y le dijo al oído:

– ¿Que pena traes?

Antonio ya no pensó más, le tiró el escopetazo:

– Marina, quiero vivir con vos, quiero que dejes esta vida y vivamos juntos.

– Dejame pensar Antonio, eso no es así no más.

Siguieron en la plática, Antonio contándole su historia, Marina oyendo ese lamento y puteando a la Esther, por dejar que ese hombre bueno, buscara a una mujer de vida díficil para hacerla su compañera. Finalizaron de hablar y le dijo que la dejara pensar durante 30 días, para darle una respuesta. Que no se apareciera por ahí. Antonio decidió buscar un cuarto, un apartamento para irse a vivir, esperanzado que un día la Marina se decidiera.

Al día siguiente de la conversación, ella fue a buscar a Esther, la encontró en la puerta de su casa, y mientras la Esther reconocía a “la barajita”, retrocedía un paso.

– Deténgase Esther, quiero hablar con usted sobre Toño

– Y que se van a vivir juntos pués, de que quiere que hablemos?

– No, no, no, usted se parece a la Mariela, que todo lo malentiende y siempre anda buscándole tres pies al gato. Mire dejeme hablar con usted… (ladeó la cara, hizo un chiz chiz con la boca, le guiñó un ojo y bajó la voz) – No es lo que usted piensa… mire…

Y así, con su voz suave, tranquila y paciencia de mujer que conoce mucho de la vida, del sabor y del sin sabor, “la barajita” le fue contando que le pasaba al Toño, que todo era cuestión de saber tratar a los hombres, que la mala mirada y la mala palabra alejaba no solo el cuerpo sino también el corazón, que las mujeres como ella habían aprendido como dar a los hombres lo que ellos esperaban, y que hasta podía enseñarle algunos secretos de camastrón, de amor banal, de lo pecable, de lo impúdico. Esther aceptó, y así cada mañana, “la barajita” iba sin que Toño supiera, a enseñar los secretos del “bien-estar” entre las sábanas, el jabón chiquito, la media luz y el amor de ojos cerrados.

1295597005018_f

Día 30, día acordado, la Esther estaba lista, “la barajita” había finalizado su proceso de enseñanza y Toño iría a buscar su respuesta. La Esther tomó el puesto de “la barajita”, Antonio llegó, tocó la puerta y se asombró que no hubiera ni un rayito de luz en aquel cuarto con olores de azahar, jazmines, lavanda y de cuantos olores pudieran existir entre las inevitables esencias para la tranquilidad.

– Siéntese, aquí conmigo, le dijo una voz parecida a la de Marina.

Se sentó y sintió que lo besaron, lo acostaron, el quitaron el pantalón y todas las cosas que la Marina hacía, solo que esta vez lo sintió intenso, y pensó que tantos días sin comer semita, hacen que se sienta mas buena. El cuarto era un galopar del caballo con la yegua, el olor a sudor, los relinchos y gemidos se escuchaban hasta fuera, donde la Marina, sonreía.

Un par de horas mas tarde, la luz del cuarto se encendió, mientras Toño no creía lo que miraba:  Esther sonreía desnuda frente a él.

– Esther!!!

– No, ya no me llamo así, hoy tengo nombre de batalla, me llamo “la barajita”, y sí, me voy con usted.

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Sin categoría

La canción del Silvio, un cuento de juliomartinez

– Entonces?

– Vaya pues, entonces, tal vez nos vemos mañana.

– Está bien, a las cinco, a la salida del trabajo.

Se despidieron y se dieron un beso, ella como quien no quiere darlo y él con ansia loca, como no queriendo que se escapara alguno de los labios.

El mañana no llegó, o más bien llegó pero sin que hubiera un nuevo encuentro.

Dolfo llegó como siempre a esperar como vigilante sin pago, que Maribel saliera de su trabajo, y siendo un poco antes de las cinco no se puso ansioso en los primeros quince minutos, pero como siempre pasa, el que espera desespera, así que cuando eran las 5:15, ya estaba dando vueltas, fumándose un cigarrillo, y mirando a la puerta de salida como gato que acecha a su presa. Después que dieron las 6:00 de la tarde, y ya no había nadie más que el vigilante y su pito, decidió preguntarle…

– Disculpe, ya ha salido Maribel, dígale que Adolfo está acá, esperándole.

– Uhhh, si hoy tarde no vino a trabajar, pidió permiso, creo o algo así me dijeron.

– Que extraño!!! bueno, gracias señor, muy amable!

Se fué dejando de tras de sí, un perfume de desilusión, una nube gris que gritaba desesperanza. ¿Cómo era posible que lo hubiera dejado enganchado?, ¿es que lo que ya había notado él, que ella estaba como aburrida era una premonición?

Esa noche le llamó dos veces por teléfono, a la mañana siguiente cuatro y por la tarde ella le devolvió finalmente la llamada:

– No Dolfo, no quiero seguir contigo, no tengo a nadie más, pero ya no quiero, no sé qué es… pero simplemente ya no me da gana  de besarte.

– No se preocupe, en el corazón no manda uno, manda el sentimiento y ahí, hay o no hay.

– Adiós…

Dolfo no era de las personas que lloraban si no podían tener algo, él asumía y decidía como funcionar, parecía que no le importaba mucho, aunque sufriera por dentro. Los días siguientes, aunque los amaneceres le repetían en su cabeza “Maribel, Maribel” y las noches le hicieran eco, él buscaba seguir con su rutina.

Así siguió hasta que un día el Ringo se le perdió, salió a buscarlo en el día, en la noche, cerca, lejos, arriba y abajo y nada ni poco. Desapareció, y hasta la Maribel se le olvidó, un detalle ¿verdad? porque eso significaba que el chucho era más significativo que la chica.

Un día, dos días, tres días, una semana. El chucho con nombre de Beatle triste no aparecía, así que, ya casi se acostumbraba a ausencia del animal a los pies del escritorio, ve, conque ya se había costumbrado a la falta de la Maribel, no se iba a acostumbrar a la falta del chucho.

Ese domingo tocaron a la puerta, fuerte muy fuerte. Abrió y era la Maribel, que traía a Ringo, el que se parecía al otro Ringo. Mientras saltaba, Dolfo se agachaba para devolver el abrazo, que era de re encuentro.

– ¿Dónde lo hallaste?

perro en la puerta

– Está en la casa desde el jueves pasado, y yo pensaba que quizá usted lo había mandado para tener pretexto…

– ¿Pretexto?, ¿Pretexto de qué? Ringo, hágase para acá…

– (moviendo la cola, sacando la lengua y tirando las orejas para atrás)

– No yo decía…

– Pués, no, no diga. Yo no ando rogando, le agradezco que piense que la quiero ver, pero no.

– Vaya, pues, ahí le queda su perrito

 

La Maribel salió de la casa, un tanto humillada, ahuevada se puede decir.

Ringo no paraba de lamer a Dolfo, este sonreía mientras le decía al oído:

– ¿Verdad que vos también oíste la canción esa del Silvio?

Ringo lo miró con los ojos de amor de chucho y le ladró.

Deja un comentario

Archivado bajo cuentos propios, Sin categoría

El arrepentimiento del macho, un cuento de juliomartinez

Juro que me lo contaron

Alfonso y Antonio venían de trabajar al final de la tarde en la construcción del nuevo edificio, y contándose sus gracias y desgracias, como hacen aquellos que sienten la hermandad, que no se tienen pena y que comprenden que compartida la tristeza o la alegría, es menos o es mas.

Así iban bajando la calle Arce, en el entorno de una universidad que era un hervidero de gente, muchachos y muchachas, guapos y guapas, deseados y deseadas. Antonio, “chulió” a un par de ellas, casi que por no dejar pasarlas sin decirles nada, sería un desperdicio, con todo lo que las bichas andan enseñando hoy.

Pasaron por el Pulpo, y los tentáculos del mismo, dibujados casi en la propia cornisa del chupadero viejo y de mala muerte, se movieron agitándose en la forma que la Diosa Kali lo hace, ambos notaron el extraño movimiento del cefalópodo que les pareció irreal, especialmente cuando uno de brazos  se estiró a ellos y luego se dobló  hacía sí mismo como llamándoles, mientras otro los invitaba a pasar al antro.Pulpo1

– ¿Nos damos una vos?

– Dicen que hay  boquita de costillita, además vamos temprano, y me hace falta una cervecita, hace días que no doy dos que tres.

– Pasa, pués, poné cara de chumpe.

Así, entre broma y joda, entraron al Pulpo y pidieron las primeras dos. La mesera, todavía joven, mascando chile, con bamboleo en su andar y a un paso de ser considerada vieja, se acercó, y Antonio le pidió:

– Mira mami, danos dos vasos

– Y de boca?

– La tuya bebita

– Ve, que chistocito

La chica trajo los vasos, evento que se repitió en una frecuencia triple. Pidieron la cuenta, y pagaron haciendo la cabuda, al “rajanajalf”, mitá cada uno pué.

Salieron del pinche chupadero, y avanzaron hacia el centro de la ciudad, en esas iban cuando ven pasar a una señora seguramente mercadera por el delantal, de las que venden cosas en la calle,  y cuyo trasero ocupa toda la acera, usando cada nalga como un vaivén, en un conocido movimiento pendular de nachas, “cuanto te debo, con esto te pago”.

Antonio, que ya venía desinhibido y acostumbrado como está a cuentiar hasta a una chucha, le espetó casi en el oído:

– Que buena estás mamasota

La vieja lo volvió a ver, sonriendo y mostrando dos dientes de oro detrás de los labios carnudos.

– Te gusta lo que ves bebé?

– Estás bien ricota, para darte por todos lados.

– Vamos pué… yo pago el Oso.

La frase le sonó al Antonio a música de angeles celestes, de inmediato miró a Alfonso que le animaba:

– Buzo compadre, ya a hizo.

– Pérame un ratito, volvete al Pulpo y ahí te encuentro…

– Salivale!!

Así, la Rosona y Antonio se enrumbaron hacia el Oso, ese lugar famoso de San Salvador, que ahora tiene sucursal a la par, siendo que ya no da abasto para tanto placerOso.

Ahí se desnudaron, se acostaron y Antonio comenzó a besar aquel frondoso cuerpo amanyulado, chupando los labios de la vieja vendedora, bajando por la panza y dedicándose al ombligo, cuando sintió un olor a pescado podrido, asqueroso, que si bien no fue capaz de achorcholarlo, sí le hizo comprender que había que subir de nuevo, había que regresar por el camino que había recorrido, solo que ahora, al revés.

Sin que Antonio supiera de donde, la Rosona sacó una pechetrini, se la puso en la yugular y le dijo, riéndose:

Ah no, mijito, aquí lo que se comienza se acaba, termine de llegar para donde iba y chupe. Al Antonio no le quedó mas remedio que obedecer, cerró los ojos y sin respirar, se dedicó a lo que le habían ordenado. Luego ambos se levantaron de la cama, la vieja se reía y cuchillo en mano le decía:

– Vos que creías, que yo iba a pagar y vos te ibas a ir riendo, má ve, no jodás, para que aprendás.

Antonio, estaba con aquella sensación entre ahuevado y encachimbado, impotente pués. Se puso el pantalón y antes de salir del cuarto tiró una escupida salida desde la garganta, y le dijo: hija de la gran puta!.

Caminó rápidamente hacia la salida, y siguió hasta el tentacular bebedero, ahí estaba Alfonso, con su vaso de cerveza, bebiéndoselo al tranquilo, miró entrar al Antonio, y le dijo:

– Quijuelule, ya viene el macho de las vendedoras!

– Macho de las vendedoras… mis huevos. Pídame dos cervezas de un solo compadre, que traigo un tufo a mierda en la boca que no se me quita.

De nuevo, el Antonio, sacó desde la garganta el escupitajo, y limpiándose los labios con la manga de la camisa, recordó con asco, el olor de pescado seco podrido.

Deja un comentario

Archivado bajo Sin categoría

Medio desnudo. – La Coctelera

Medio desnudo. – La Coctelera.

Deja un comentario

Archivado bajo Sin categoría

Pues sí, es una puta. Un cuento de juliomartínez

Estaban saliendo del entreno del equipo de fútbol, y aunque se conocían por haber entrenado y jugado juntos casi un año, su relación era mas bien de compañeros de equipo que de amigos, cada uno de ellos tenía su propio grupo con el que salían cuando era viernes o sábado.

Nunca ellos dos se habían juntado para conversar, mas allá de frases como “que pesado estuvo el entreno”, “Viene partido difícil el jueves”, y cosas así, muy generales, nada intimistas. Era raro, pero para Rafael, ese era el único tipo con el que jamas bromeaba, él que era tan burlador y juguetón, con ese tipo se sentía mas bien distante. Ya había pensado que era un problema de “sangre”, como dicen que hay gente con sangre pesada, quizá ahí se explicaba el asunto. Alfonso en realidad, era un poco engreído, ya tenía algunos años jugando con el equipo y su petulancia le había ganado algunos pleitos, pero ahí estaba.

Ese día, sin embargo, salieron del entreno y casualmente caminaron por la misma ruta, el mismo sendero, salieron a la calle casi sin mirarse, dejando atrás el centro deportivo. Juntos se detuvieron en la misma parada de buses.

– ¿Que bus esperás?

– La 26, ¿y vos?

– Bueno, la 1 o la 26, me da igual, las dos pasan cerca… me he quedado sin carro, así que me toca andar en chuzón.

– Sí, a mí también me da igual.

El bus venía raudo, y ambos hicieron la parada al mismo tiempo, subieron y pagaron los veinte centavos al motorista, y encontraron un asiento vacío, para sentarse juntos.

– Ala.. y para donde vas pues Rafa?

– Ahí, cerca de la Santa Eugenia y vos?

– Puuta, igual, voy por ahí… conocés a la Daniela?

A Rafael, el nombre le trajo una figura; la figura le dibujo unos labios; los labios le hablaron una mentira… en su mente, la Daniela se le apareció viva, en una imagen que había podido sacarse de su cabeza apenas muy despacio. Ese día que escuchó su nombre, regresó de inmediato, sin tocar la puerta, sin preguntar si se podía, sin anunciarse.

– ¿Daniela? Sí, sí la conozco.

– Y… ¿que te parece?

Le dieron unas ganas inmensas de decirle que era un ángel, que era una estrella, que era un cielo, que nada se parecía a ella, que un hada se quedaba lívida, que ella debía haber ganado miss universo, que ninguna de las modelos de la tele se le acercaban en belleza.

Pero, recordó que Daniela, a pesar de que él le había demostrado que la amaba con un amor parecido al infinito, se había reído en su cara cuándo, siendo su novio, hasta hacía tres meses, le había preguntado que cuál era la razón de haberla visto saliendo de un motel en el carro de ella, con un amigo al que él no conocía y nunca había visto. Le había dado una respuesta que él, que la amaba y respetaba, no esperaba: “El que tiene tienda que la atienda, ¿Vos crees que una vive de besitos y abrazos?”

– Pués, me parece que es una puta.

Alfonso se puso pálido… alcanzó a preguntarle:

– ¿Por qué decis eso?

Rafael, le dijo que no quería hablar de eso, y que era un tema un poco feo. Sin embargo, le contó la historia, y le dijo, el día y el mes en que había sucedido todo lo que le había desengañado. Con un poco de curiosidad, le preguntó:

– Pero Alfonso, y vos de donde la conoces?

– Acabamos de casarnos, resulta que salió embarazada y no me quedó mas que hacerme cargo de su embarazo. Aunque yo, tengo mi propio carro y nunca he ido a un motel con ella. Pues, sí…

Deja un comentario

Archivado bajo Sin categoría

El cadejo, un cuento de juliomartinez

Gonzalo venía contento de la gasolinera, había logrado vender lo suficiente como para tener un bonito fin de semana.

Llego a la casa, y abrazo a su mujer, la Sylvia, quien, contenta también como correspondía, abrazaba a su marido.

Era el 12 de diciembre de 1933, y la ciudad apenas daba un atisbo a lo que sería 79 años mas tarde. Entonces, San Salvador tenía muchas callecitas de piedra, callejones sin salida, focos de 60 watts coronados por un sombrero de lamina, y muchas historias contándose en la pequeña urbe.

La frontera de San Salvador era y siempre fué, al oriente la avenida Independencia y al otro lado, al poniente, la Plaza de Las Américas, en la que después se establecería el elemento identitario de los salvadoreños más común y compartido, El Salvador del Mundo.

En la más grande plaza de San Salvador, se establecía el punto de llegada de Santa Tecla, el drive inn La Campana y las últimas casas del final de la Alameda Roosevelt, que todavía tenía un jardincito al medio, casi como el Paseo de la Castellana, en Madrid.

En la Plaza de Las Américas también estaba una pequeña gasolinera, la Esso Las Américas, ahí era donde mandaba Gonzalo Ayala, y ahí era donde precisamente, el día había estado bueno.

Era noche de sábado, noche de celebrarlo. Así que la Sylvia llamó a Víctor y a Julio, y les dijo:

– Vaya muchachos, vamos a cenar, pero Chalo quiere comerse unos panes de los Migueleños, así que hay que ir a comprarlos.

– Bueno, vamos pues!- Vamos Víctor, le dijo el hermano menor. Así comemos pan con pollo hoy.

Los dos cipotes pidieron el dinero y se fueron corriendo desde la casa en el zanjón Zurita, hasta la 6a calle, ahí por donde don Justo, a la par estaba la venta de los panes migueleños, panes con pollo, berro, tomate, rabano y salsa especial que le daban un toque de delicia.

Llegaron y pidieron 6 panes, de los más grandes. Los hicieron esperar unos diez minutos, mientras despachaban  a los mas viejos que habían llegado antes, y que se enojaban si no los despachaban rápidamente.

Con los panes en la mano, metidos en una bolsita mediana de las Lintorrey, salieron en una carrerita de regreso.

La Sylvia estaba en la calle, sobre la 4a, en la esquina, esperando que aparecieran los bichos. Los vio emerger de la esquina como un soplo, mientras ella era apenas alumbrada por el incipiente foquito de la 12 avenida.

Su mirada se estiró un poco, fue despacio buscando acercarse a los dos muchachitos para encontrarlos, mientras el perro blanco que los acompañaba se iba quedando quedito, atras.

Los agarró a los dos de la mano y presurosa entro a la casa

– Que te pasa mamá? Preguntó Julio, el más avispado.

– Hijitos, ustedes no saben que venían bien cuidados, a saber desde dónde venía el cadejo caminando con ustedes

– jajaja!! esta mi mamá, el cadejo es un chucho blanco que camina a la par de uno, y nosotros veníamos solos…

2 comentarios

Archivado bajo cuentos propios

Lo que hacen algunas mujeres: Oración a San Antonio

Ahora, Señor, que me dispongo a dormir, rezo con mucha fe para que Me concedas un hombre que no sea feo, que sea inteligente, carinoso, fuerte, comprometido y lindo.

También compositor y poeta, y con mucho humor del que yo pueda entender.

Que le guste quedarse horas escuchandome , que piense antes de hablar y diga la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad.

Que le gusten mi familia y amigos, el fútbol no.

Que no ronque y orine sentado. Que cuando diga que va a llamar no me haga esperar… y llegue a la hora en punto a casa y sin olor a jabón chiquito.

Que yo sepa siempre donde esta, menos cuando me anda comprando flores y regalos o contratando serenatas.

Que cuando diga que vamos a salir me de 3 horas para arreglarme, se desmaye de emoción cuando me vea, que baile mejor que Latín Lover… y nunca me salga con que vamos a estar con sus amigos… Rezo para que tenga un empleo muy bien remunerado, que sea bien detallista y generoso y que cuando me gaste su dinero, no se moleste.

Que, en la mesa, me retire el asiento y me abra la puerta del auto y que sepa hacerme masajes en la espalda y que siempre, siempre… me vea flaca.

Que no tenga ojos para ninguna otra mujer, que siempre me diga lo bella que me veo y la suerte que tuvo de encontrarme. Te rezo por el hombre que me va a amar hasta la muerte! Amen. 

Deja un comentario

Archivado bajo Sin categoría