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La canción del Silvio, un cuento de juliomartinez

– Entonces?

– Vaya pues, entonces, tal vez nos vemos mañana.

– Está bien, a las cinco, a la salida del trabajo.

Se despidieron y se dieron un beso, ella como quien no quiere darlo y él con ansia loca, como no queriendo que se escapara alguno de los labios.

El mañana no llegó, o más bien llegó pero sin que hubiera un nuevo encuentro.

Dolfo llegó como siempre a esperar como vigilante sin pago, que Maribel saliera de su trabajo, y siendo un poco antes de las cinco no se puso ansioso en los primeros quince minutos, pero como siempre pasa, el que espera desespera, así que cuando eran las 5:15, ya estaba dando vueltas, fumándose un cigarrillo, y mirando a la puerta de salida como gato que acecha a su presa. Después que dieron las 6:00 de la tarde, y ya no había nadie más que el vigilante y su pito, decidió preguntarle…

– Disculpe, ya ha salido Maribel, dígale que Adolfo está acá, esperándole.

– Uhhh, si hoy tarde no vino a trabajar, pidió permiso, creo o algo así me dijeron.

– Que extraño!!! bueno, gracias señor, muy amable!

Se fué dejando de tras de sí, un perfume de desilusión, una nube gris que gritaba desesperanza. ¿Cómo era posible que lo hubiera dejado enganchado?, ¿es que lo que ya había notado él, que ella estaba como aburrida era una premonición?

Esa noche le llamó dos veces por teléfono, a la mañana siguiente cuatro y por la tarde ella le devolvió finalmente la llamada:

– No Dolfo, no quiero seguir contigo, no tengo a nadie más, pero ya no quiero, no sé qué es… pero simplemente ya no me da gana  de besarte.

– No se preocupe, en el corazón no manda uno, manda el sentimiento y ahí, hay o no hay.

– Adiós…

Dolfo no era de las personas que lloraban si no podían tener algo, él asumía y decidía como funcionar, parecía que no le importaba mucho, aunque sufriera por dentro. Los días siguientes, aunque los amaneceres le repetían en su cabeza “Maribel, Maribel” y las noches le hicieran eco, él buscaba seguir con su rutina.

Así siguió hasta que un día el Ringo se le perdió, salió a buscarlo en el día, en la noche, cerca, lejos, arriba y abajo y nada ni poco. Desapareció, y hasta la Maribel se le olvidó, un detalle ¿verdad? porque eso significaba que el chucho era más significativo que la chica.

Un día, dos días, tres días, una semana. El chucho con nombre de Beatle triste no aparecía, así que, ya casi se acostumbraba a ausencia del animal a los pies del escritorio, ve, conque ya se había costumbrado a la falta de la Maribel, no se iba a acostumbrar a la falta del chucho.

Ese domingo tocaron a la puerta, fuerte muy fuerte. Abrió y era la Maribel, que traía a Ringo, el que se parecía al otro Ringo. Mientras saltaba, Dolfo se agachaba para devolver el abrazo, que era de re encuentro.

– ¿Dónde lo hallaste?

perro en la puerta

– Está en la casa desde el jueves pasado, y yo pensaba que quizá usted lo había mandado para tener pretexto…

– ¿Pretexto?, ¿Pretexto de qué? Ringo, hágase para acá…

– (moviendo la cola, sacando la lengua y tirando las orejas para atrás)

– No yo decía…

– Pués, no, no diga. Yo no ando rogando, le agradezco que piense que la quiero ver, pero no.

– Vaya, pues, ahí le queda su perrito

 

La Maribel salió de la casa, un tanto humillada, ahuevada se puede decir.

Ringo no paraba de lamer a Dolfo, este sonreía mientras le decía al oído:

– ¿Verdad que vos también oíste la canción esa del Silvio?

Ringo lo miró con los ojos de amor de chucho y le ladró.

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El cadejo, un cuento de juliomartinez

Gonzalo venía contento de la gasolinera, había logrado vender lo suficiente como para tener un bonito fin de semana.

Llego a la casa, y abrazo a su mujer, la Sylvia, quien, contenta también como correspondía, abrazaba a su marido.

Era el 12 de diciembre de 1933, y la ciudad apenas daba un atisbo a lo que sería 79 años mas tarde. Entonces, San Salvador tenía muchas callecitas de piedra, callejones sin salida, focos de 60 watts coronados por un sombrero de lamina, y muchas historias contándose en la pequeña urbe.

La frontera de San Salvador era y siempre fué, al oriente la avenida Independencia y al otro lado, al poniente, la Plaza de Las Américas, en la que después se establecería el elemento identitario de los salvadoreños más común y compartido, El Salvador del Mundo.

En la más grande plaza de San Salvador, se establecía el punto de llegada de Santa Tecla, el drive inn La Campana y las últimas casas del final de la Alameda Roosevelt, que todavía tenía un jardincito al medio, casi como el Paseo de la Castellana, en Madrid.

En la Plaza de Las Américas también estaba una pequeña gasolinera, la Esso Las Américas, ahí era donde mandaba Gonzalo Ayala, y ahí era donde precisamente, el día había estado bueno.

Era noche de sábado, noche de celebrarlo. Así que la Sylvia llamó a Víctor y a Julio, y les dijo:

– Vaya muchachos, vamos a cenar, pero Chalo quiere comerse unos panes de los Migueleños, así que hay que ir a comprarlos.

– Bueno, vamos pues!- Vamos Víctor, le dijo el hermano menor. Así comemos pan con pollo hoy.

Los dos cipotes pidieron el dinero y se fueron corriendo desde la casa en el zanjón Zurita, hasta la 6a calle, ahí por donde don Justo, a la par estaba la venta de los panes migueleños, panes con pollo, berro, tomate, rabano y salsa especial que le daban un toque de delicia.

Llegaron y pidieron 6 panes, de los más grandes. Los hicieron esperar unos diez minutos, mientras despachaban  a los mas viejos que habían llegado antes, y que se enojaban si no los despachaban rápidamente.

Con los panes en la mano, metidos en una bolsita mediana de las Lintorrey, salieron en una carrerita de regreso.

La Sylvia estaba en la calle, sobre la 4a, en la esquina, esperando que aparecieran los bichos. Los vio emerger de la esquina como un soplo, mientras ella era apenas alumbrada por el incipiente foquito de la 12 avenida.

Su mirada se estiró un poco, fue despacio buscando acercarse a los dos muchachitos para encontrarlos, mientras el perro blanco que los acompañaba se iba quedando quedito, atras.

Los agarró a los dos de la mano y presurosa entro a la casa

– Que te pasa mamá? Preguntó Julio, el más avispado.

– Hijitos, ustedes no saben que venían bien cuidados, a saber desde dónde venía el cadejo caminando con ustedes

– jajaja!! esta mi mamá, el cadejo es un chucho blanco que camina a la par de uno, y nosotros veníamos solos…

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El tizón, un cuento de juliomartinez

Ya eran las cuatro de la mañana, y la Jacinta había escuchado al gallo con cierta displicencia, y ¿quién se iba a querer levantar en día domingo? Menos en un pueblo tan silente como mal hablado, como era Atiquizaya.

Ve, ni las vacas ni las gallinas buscan levantarse temprano, mas bien al contrario, siempre andan buscando el sábado en la noche, un lugar donde al día siguiente no dé el sol.

De todos modos, pues, había que levantarse, a socarla, como quien dice.

Se fue a la pila y se lavó las manos. Entró al baño y después de haber terminado, volvió a lavarse, secándose con la toalla rosada pálido, que estaba colgada. Pensó que no había que hacer ruido, para qué levantar a los demás, si de todos modos, nadie le iba a ayudar a encender el fuego, que para eso, no se necesitan dos, solo uno.

Se fué a la cocina, y encendió el fuego, puso el café y se dispuso a calentar los frijoles, de manera que estuvieran listos para el primero que se levantara. Podían ser pobres, pero por frijoles, nadie lo iba a ahuevar, ve chis.

Hasta que el calor hizo insoportable el encierro, decidió abrir la ventana para dejar entrar el frío de la madrugada, ya iban a dar las cinco y estaba inusualmente oscuro. Asomó a la ventana y vio que a media cuadra, como del lado de Turín, venían dos mujeres platicando con sus cántaros en la cabeza.

– Achis, y estas ¿quienes son? ¿y de donde vienen de acarrear agua? ¿o no es agua lo que traen?

Así se fue haciendo varias preguntas, hasta que las dos mujeres, se fueron acercando a su ventana.

-Buenos diyasledediossss, sonó la voz de una de ellas…

– le de diossssss… repitió la otra.

– Buenos días, les respondió la Jacinta.

– Mire -dijo la primera- será que me regala fuego?

– Fuego?

– Sí, presteme un tizón, para encender un mi cigarro, que me gusta humar de mañanita…

– Ahh, como nó.. pereme…

Jacinta dió la vuelta y a pesar del calor sintió un “calosfrío”, como ella decía cada vez que le daba un temblorcito en la columna vertebral. ¿Que me pasa? se dijo. Agarró un tizón y regresó a la ventana donde había dejado a las dos mujeres. Sorpresa, ya no había dos sino que una, cuya mirada era tapada por la sombra que le daba el cántaro.

-Vaya aquí está… La mujer sacó un cigarro quién sabe de donde, y agarró el tizón, le dirigió la mirada a Jacinta que mirando el rojo del carbón en la punta del tizón, sintió un punzón en esa mirada, se fijó en ella y se dió cuenta que el color de los ojos era del mismo color del tizón

– Huyyyyyysssshhh esto no es de esta vida!!!

– Jaajajajajajajajaaaa… jajajajajajajaja… jajajajajajajajaja!!

La mujer salió corriendo, con el cántaro en la cabeza y dándole vueltas con la mano al tizón encendido. La Jacinta cerró rapidito la ventana y salió gritando para dentro, como loca.

Hoy, después de 25 años que pasó eso, todavía la Jacinta, de vez en cuando mira unos ojos como tizones en las madrugadas,

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El regalo con forma de candela, un cuento de juliomartinez

Por la mañana Micaela había visto el calendario y se había fijado que era el 1 de noviembre… día de todos los santos.

Aspiraba a ser un día como cualquiera otro, sin embargo, la noche anterior se había celebrado una fiesta extraña y fuereña: El halloween o Día de Brujas, una costumbre  que se origina en los Celtas, esos europeos, particularmente irlandeses que celebraban el final de las cosechas, y que en su calendario era algo así como nuestro fin de años. De hecho, a la fiesta se le llamaba Shamhain que significa, en lengua celta, fin del verano.

En esas estaba, recordando que la fiesta esa no le hacía gracia y que era un poco raro que lo celebraran cuando en nuestra región mesoamericana, la fiesta coincidía casi perfectamente con la fiesta pre hispánica del día de los muertos, y con la celebración española del día de finados, como si las culturas del mundo se hubiesen puesto de acuerdo.

El día pasó y ella estuvo pensando que era una coincidencia espectacular, sin embargo, había que entenderlo como una más de las muchas coincidencias que se dan. Esa tarde de sábado, se levantó después de una larga siesta de medio día, y abrió la puerta de la casa, como se hacía en los años setentas, solo para ver pasar a la gente en la calle, se sentó en la grada que daba a la calle principal del barrio a contar cuantas hormigas pasaban en su caminito, una tras otra, en eas estaba cuando de repente vió que venía una procesión silente, y se frotó los ojos.. “achis… y esto, quizá todavía estoy soñando”.

No, no era un sueño, se sintió repentinamente un tanto amodorrada, y sin ganas de levantarse. De la procesión, salió un muchacho moreno, que le sonrió con una boca de perlas, unos ojos de venado y un cuerpo a lo Lenny Kravittz. No le quedó mas remedio que devolverle la sonrisa.

El estiró sus manos hacia ella, mientras le entregaba una caja larguita con una chonga roja de adorno, un regalo que ella aceptó cuando estiró sus brazos hacia la caja. El joven se le acercó y le dió un abrazo que la halagó, por lo íntimo del mismo.

Mientras él seguía su camino ella miraba la pequeña caja un tanto asombrado, “¿Que habrá aquí? Ni modo, vamos a abrirlo”.

Su madre le llamó desde dentro: “Micaela, ven a tomarte un cafecito con nosotras”, y dejo la apertura del regalito para otro momento, lo pasó a guardar en su cuarto, en su cama cerca de su cabecera, sin dejar de pensar en los bellos ojos del muchacho.

Después de platica y plática con su madre y tía, Micaela, miró su reloj y notó como había volado el tiempo, ya eran las ocho de la noche. Se fue a su cuarto y se dedicó a quitar la chonga del regalo, tenía mucha curiosidad.

Salió a la sala y le comentó a su madre el suceso de la tarde, ella le contestó que eso no había pasado, que ella la había levantado de su cama para tomar el café, que seguro, había sido un sueño.

“Pero, ¿y esto que tengo en la mano?”

En efecto, no había explicación. Abrieron juntas el regalito y encontraron un envoltorio sobre el que estaba una fotografía, un nombre y una dirección: L-24, Boulevard Venezuela.

Quitaron el papel y sacaron el regalo, ojos abiertos, bocas abiertas, y manos abiertas!, el regalo era una tibia, un hueso de las piernas. Todas se pusieron pálidas. Y sin decir nada mas que “huyyyyy!!” guardaron de nuevo la enorme tibia en la caja.

Al día siguiente, buscaron la dirección por todo el Venezuela, hasta que alguien estando cerca de Santa Anita, les dijo, “esta dirección, parece de cementerio…Cuadro L, Tumba 24” Nooooooo!! Horror!!!

Fueron al Cementerio y buscaron la dirección, encontrándola rápidamente… y en efecto, ahí estaba la tumba semi abierta, y una foto de un muchacho moreno con ojos de venado.

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El Coral, un cuento de juliomartinez

– ¿Y qué?

Jesús Martínez dijo la frase sabiendo que a él lo consideraban el mas macho de ese cantón, y que muy pocos, tal vez ninguno se atrevería a cuestionar su palabra.

Se regresó a su casa dejando a los otros jugadores de “chivos” bien encachimbados, pero ni aún entre todos se atrevieron a decir palabra. Solo hasta que su sombra había desaparecido después del puentecito que llevaba al cerro Tehuechode, dijo uno de ellos:

– Ese hijueputa a saber que se cree, hace trampa cuando quiere, trae dados cargados, no paga cuando no quiere pagar y de ribete nos hace afrenta…

– A mí ya me está cansando Juan, no hay derecho, solo a jodernos viene y se va, ansina, tranquilo y sin pagar.

– Pues, yo no sé ustedes, pero a ese maishtro le tengo miedo, dicen cosas feyas de él.

Jesús regresó a su casa, mientras la tarde iba cayendo para dejar que el cielo se transformara en un manto azul oscuro pintado de estrellas, puso un poco de café, ladeó la ollada de fríjoles, tostó cuatro tortillas y se dispuso a cenar.

Luego, se fué quitando la ropa, primero los zapatos y los puso a la par uno del otro; luego el pantalón, y lo dejo en el suelo, como si estuviera haciendo una figura humana con la ropa y los zapatos; despues hizo lo mismo con la camisa… en la medida que se iba quitando cada una de las piezas de su vestido, su cuerpo iba tomando una forma grotesca, encorvada, pequeña…. se quitó el sombrero y Jesús ya no era Jesús, un mico había tomado el espacio que ocupaba ese hombre de quién se decían cosas feas en el pueblo que a diferencia de otros pueblos, comía tortillas de arroz y no de maíz.

Era febrero de mil novecientos sesenta y tres, los Martínez eran considerados en su cantón como gente de la que había que cuidarse, pero a la vez gente a la que se podía acudir si algo malo pasaba, y ya se sabía que se recibiría ayuda, que no dejaban fallecer a nadie.

El mico, saltó por los tejados de la casa, se agarró de unas ramas del palo de caimito, saltó hacia uno de mangos y siguió en su ruta corriendo encima de los matasanos, y así, hasta que llegó a la casa de los Mejía, la familia mas rica del pueblito metido en medio de colinas y ríos. Olocuilta, el pueblo de los gusanos del elote, tenía una sola familia rica, casi dueña del pueblo, los Mejía tenían una hija a la que esperaban casar con alguien de la ciudad, de la capital. Mientras ese momento llegaba, Jesús Martínez ya había “ispiado”, en mas una vez a la Micaela, ya había llegado hasta su ventana en forma de mico, ágil y fugaz, tanto que no se habían enterado siquiera.

Pablo Mejía había escuchado ruidos sobre el tejado esa noche, y conocía de la historia del mico. Así que algo se le cruzó por la mente.

– “No vaya a ser ese mico que dicen que es un hombre del cerro transformado que me lo apeyo”.  Sacó la escopeta de 7 tiros, una winchester, la chasqueó, y salió al patio, sin hacer ruido. Ahí en la ventana de la Micaela, se encontró con la mirada fija del mico, cuyos ojos relumbraron a la par de las estrellas de la noche, levantó la escopeta, el mico dio tremendo gritó y corrió saltando hacia los árboles, mientras Pablo le apuntaba y jalaba el gatillo. Pum!! se oyó un alarido, las gotas de sangre cayeron, pero el mico no se detuvo.

Como pudo, siguió en su carrera hasta su casa, arriba del cerro, se puso el sombrero, luego la camisa, mientras su cuerpo retornaba a su forma original, la herida de los perdigones se miraba mas fea, se puso el pantalón, trajo agua del pozo, y se limpió la sangre. Sacó uno por uno los veinte perdigones que tenía dentro. Se puso un poco de chichipince molido, y trabó un trapo para que no se infectara la herida.

En el pueblo, Pablo Mejía se reía, tanto que sus carcajadas se escuchaban en todos lados. A la mañana siguiente, en los corredores de las casa ya todo el mundo sabía la noticia. Pablo le había dado un escopetazo al hombre-mico.

Jesús dejó de ir al pueblo unos días, mientras se curaba. Pablo sospechaba de Jesús, que era el mico, pero no lo sabía.

Un día, pablo andaba mirando su cafetal, el más grande de todos, comenzaba en Olocuilta y terminaba en Cuyultitán, mirando, y descuajando la sombra. Cansado se bajó de los árboles y se sentó a la par de un árbol de Cuernavaca para tomar un trago de agua, cuando de repente una serpiente coral le picó en la mano, con la otra alcanzó a machetear, partiéndola en dos, sin embargo mientras las pupilas se le iban cerrando, alcanzó a ver como las dos partes de la serpiente se iban juntando, y comenzaba de nuevo a reptar por el cafetal, rumbo al cerro.

Esa noche fue el velorio de Pablo, todos los vecinos del pueblo fueron a despedir al mas pudiente, al mas rico. Su hija y su esposa lo lloraban mucho. Al día siguiente, las caravanas de gente caminaban con el féretro hacia el cementerio.

Pasaron los meses, los años. Candelaria, la viuda de Pablo no podía mas con la finca, sin embargo, trataba y trataba. Entre sus peones, había uno, un tal Jesús Martínez, el mas macho entre los machos, que se le acercaba confianzudo. El hombre es fuego, la mujer estopa, viene el diablo y sopla.


Una tarde Jesús fue solicitado por Candelaria para que no se fuera temprano, que quería hablar con él sobre unos trabajos del día siguiente. Jesús, que no era bobo, comprendió y se quedó, platicando hasta que Micaela se fue a dormir.Candelaria paso sus manos sobre las piernas de Jesús, este le volteó a ver y con sus manos tomó sus caderasde manera firme, sintiendo el calor de su cuerpo. Candelaria le quitó la camisa y notó una extraña cicatriz que cruzaba la cintura de Jesús en todo su derredor, y le preguntó:- ¿Que le pasó ahí Jesús?

Jesús, se miró, se tocó con los dedos la cicatriz y le dijo:

-Un machetazo de uno que pensaba que a Jesús se le terminaba fácil, no se dio cuenta que uno tiene siete vidas.

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Al final del parque. Un cuento de juliomartinez

Se miraban a los ojos de manera detenida, como buscando en las pupilas una respuesta a la pregunta consabida de los enamorados y que generalmente tiene una contra pregunta: ¿y usté?

La corta vida les había juntado y así pasaron de ser amiguitos en la escuela parvularia, a ser compañeritos en la escuelita del barrio, y luego a buscarse las manos para tomarselas con cierto temblor una vez entraron al bachillerato, a escondidas de todos pués.

Sus padres los miraban y pensaban que eran solo amigos, y que tenían una amistad entrañable.

– Mire Fermín, que alegre la amistad de los bichos, solo juntos andan

–  Sí, Rafa, es que desde pequeños andan juntos, ¿como no se van a querer?

Lo que los padres no sabían era que la amistad pasó a ser cariño. El cariño pasó a ser afecto. Y el afecto les llevó a descubrirse mutuamente en el amor. Así, en medio de los arbustos del parque Cuscatlán, se comentaban sus cosas, siempre juntitos, como si tuviesen temor de que el viento los separase.

– ¿Que pensarán tus papás Beto?

– Nada, ¿Y que van a pensar si nunca les hemos dado motivos? Te ha dicho algo a vos Don Rafael?

– No, y supongo que a vos tampoco ni tu mamá y ni tu papá.

– No, tampoco.

Y como sin querer queriendo se sentaron en una banca al final del parque en lo más oscuro de aquella tarde. Beto, atrevido, le preguntó: ¿Me das un beso Carlos?

Y Carlos se lo dió. Se tomaron de la mano y sonrieron.

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Nos va quedando bien (muy a propósito) Un cuento de juliomartínez

El cuarto estaba mas o menos iluminado, y las dos personas se movían lentamente en torno a una tercera, si se pudiera decir así.

Mientras uno de ellos le tomaba la mano a la mujer que estaba acostada, el otro le peinaba. No había nadie más en el cuarto, solo ellos tres. Los dos estilistas conocían su oficio. Ningún cliente les había reclamado antes por su trabajo.

– Mira estas uñas, se las he limpiado bien, se ven muy bonitas.

– Tiene dedos largos y elegantes.

– Ese anillo se ve precioso.

– Si ¿verdad?, dijo el otro, es cierto.

La mujer no dijo nada y siguió con su pose de seriedad, dejándose hacer.

– Te corresponde maquillarle,  no la dejes tan evidente, que sea un maquillaje decente.

– ¿Piensas tu que este color suave le quedará bien?

– Sí, jajaja!! el color es lo de menos, ¿o no señora?

– Siempre es bueno pensar en el color, al final de cuentas, esta noche ella se estará mostrando a sus amigos, debe verse bien.

Inició la limpieza del rostro, y luego con mucha delicadeza, con una delicadeza tal que la doña no debe haberle sentido, le puso la base y el make up, le pintó los ojos, y la verdad sea dicha, se miraba linda.

Trajo un espejo y se lo puso de frente, casi bromeando.

– !Se mira como una princesa!! ¿No cree usted? Dímelo tú…¿Que piensas? ¿Sí o no?

La señora mantuvo su seriedad, ni una leve sonrisa, o quizá sí, pero muy en su interior, tal vez, quien sabe.

– Sí, nos va quedando bien la muertita.

– Claro que nos va quedando bien, pero no será la envidia de nadie, jaja!! jajajaja!!!

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