Tu boca roja, un cuento de juliomartínez

“Tu beso se hizo calor,
Luego el calor, movimiento
Luego gota de sudor
Que se hizo vapor, luego viento”

Una nada, Augusto venía soñando desde hacía meses con ella, que como lo que era, se había comportado: Una dama, una dama inteligentes y talentosa, se dejaba ver, se dejaba admirar. Y punto. Mariela era así, es así. Sonrisas para todos, abrazos para ninguno.

Ya lo habían hablado, al menos Augusto se había sincerado hacía ratos y había dejado que sus aspiraciones se fueran levantando con el viento, que lleva y trae, que viene y va. Así en avance y retroceso, él se había dado cuenta que sus miradas iban haciendo un huequito en la Mariela, ella como siempre, como corresponde, se hacía la desentendida.

– Mariela, te invito a una paleta…

– Ni me gustan, ve, no quiero.

– Tal vez una minuta?

– ummm… tal vez, si quieres, invítame, ya veré si te digo que sí.

Él se quedaba pensando… ¿y entonces pué? ¿como es esto?. Mariela en tanto, se sentaba en su piano, tecleaba y pensaba en Augusto. No, no lo pensaba, mas bien lo recordaba, en su boca roja, una sonrisa se dibujaba.

“Que en un ricón de La Rioja,

Movió el aspa de un molino
Mientras se pisaba el vino
Que bebió tu boca roja”

– Ve, Mariela, te tomás un cafecito conmigo?

– (este Augusto, no es lindo pero es; no es simpático, pero es; no es listo, pero es… es él) Vé, solo uno, no te vayas a acostumbrar a andar saliendo conmigo.

– Bueno, si quieres no…

– Vamos, dejáte de cosas.

Iban y mientras el café se enfriaba Augusto ponía ojos de santo de pueblo, mirando a la Mariela; ella se dejaba mirar, lo dejaba abobarse, lo sabía enamorado, o más bien suponía, suponía.

Un día se lo preguntó:

– Augusto… vos, vos… vos sentís algo por mí?

El pistón de su corazón empezó a acelerarse, la miró, la volvió a mirar, bajó la mirada, regresó a verle y con temor de ser mal recibido se lo dijo:

– Yo Mariela, siento algo, pero no sé que es. Es como… un sentir que me haces falta, puedo sentirlo, puedo saber que es, hasta puedo cantarlo en una canción. Pero no puedo describirlo. ¿Alguna vez te has sentido así? Mira, es como si algo tuyo se me hubiera metido dentro de la cabeza, como si fuera parte de mí, pero sin serlo, como si fueras una voz interior mía. Siento algo pués.

La Mariela confirmaba sus sospechas, y a pesar de su sentirse bien, no dejaba de tener pena por aquel, que finalmente no tenía culpa ni mandaba en sus sentimientos. Eso es así, ¿quién puede decirle a su corazón, camina de este lado, palpita lento o palpita rápido, enamórate o no?

Eso lo sabía bien ella, no lo sospechaba él, que era de siempre un tipo que andaba de arriba para abajo, cada día, entregándose a lo suyo, haciendo siempre o casi siempre lo que debía y que no tenía temor de mirar a nadie a la cara, que solo se encontraba consigo mismo en su interior. Augusto que era un pretencioso, había perdido con ella, esa cualidad.

Ella empezaba a ver en el Augusto a una persona que antes no había visto, ese que era su perrito faldero empezaba a verse como otra cosa. A pesar de haber conseguido sin quererlo, que se comportara como  lo que no era, Mariela que siempre miraba a los demás pensando en sí misma, tuvo finalmente ojos para Augusto.

– Siente algo, dice.

– Sí, siento algo.

– Tomese el café mejor, se va a enfriar.

– ¿Y que importa que se enfríe si es mas una excusa para estar con usted, que la gana de tomar café?  El café es una manera de platicar, un café es solamente un encontrarse, compartir miradas y risas, dejar que el tiempo pase mientras las palabras se van cruzando como las espadas, sobándose, dándose golpes a veces. El café no es importante, lo que verdaderamente es importante es este rito de desnudarse de arriba hacia abajo, dejando que el otro o la otra pueda vernos como somos, abrir el alma y entregar confiado al otro lo que somos. Así lo veo…

– Como siempre Augusto, creo que tenés razón. Voy a darte un libro para que leas, algo que tengo por ahi que creo que te gustará, quiero compartir con vos, mi idea y quizá, quizá encuentre entonces una razón para seguirme tomando café con vos.  No, no importa el café. Importa esto que sucede.

Esa tarde, la Mariela se fue a su casa pensando en que había encontrado lo que no buscaba. ¿Como he hecho yo para llegar a esto?

Tu boca roja en la mía,

La copa que gira en mi mano,
Y mientras el vino caía
Supe que, de algún lejano rincón
De otra galaxia, el amor que me darías
Transformado volvería, un día, a darte las gracias

Así los días, los encuentros, los ires y veniremos, los avances y retrocesos, el cielo y el infierno, las luces y las sombras, las aceptaciones y los rechazos.

– Mariela, hoy estamos de fiesta… vienes conmigo y nos tomamos un vinito?

– Y sí, me caería muy bien, además tengo ganas de estar un rato con vos

Mariela se detuvo de sopetón, ¿que había dicho?, ¿ella dejándose llevar por él?, ¿ella diciendo que tenía ganas de estar un rato sentada con él?. Puso su defensa rápidamente.

– Bueno bromeaba, quise decir que sí, que esta noche quisiera tomarme un vino.

– Bien vamos y claro, es fiesta y solo sirve si uno se comporta como si lo fuera.

Y fueron pues. Se sentaron y en la mesa estaban unas flores como a propósito, una vela como para rezo, un corazón dibujado de lo más cursi, dos copas de vino y una tablita de quesos de esos ricos de bolita, de esos que uno casi no come a diario, pero era fiesta.

Y hablaron de lo bonito de las estrellas de como el sol surge cada día para ofrecer la vida, de la manera como el mar nos ofrece su sal, de los árboles de la cordillera y la gente que vive en ella, de la noche y del día. Hasta que él la miro fijo a los ojos como nunca lo hacía, y le soltó una estocada temblorosa. Mientras lo decía Augusto tenía un sudor en las manos y en la frente que eran imposibles de detener. Lo mismo pasaba con sus palabras, fueron saliendo de a poquito pero como chorro que no tiene llave para cerrarse, imposible de detener.

– Mariela, yo te quiero.

– Yo, yo…

En su mente se cruzaron el primer perro que tuvo, las manos de su madre acariciándola, sus primeras muñecas, el beso de aquel muchacho que había inaugurado su adolescencia, y junto con todo ello, la mirada de Augusto. Le dió su mano a Augusto y dejó que este la tomara, se la acercó a su boca y de una manera imposible de describir, cerrando sus ojos, la besó, como si fuera la flor más rara del universo, como si fuera el niño más tierno del mundo, como si no volviera jamás a darle un beso. Era la manera del Augusto de decirle, como el mismo decía, lo que sentía por ella que no tenía descripción alguna, es que ninguna frase, ningun poema ni canción alguna podía decir, por más que se cantara llorando.

– Yo, te tengo mucho afecto Augusto, no me quieras tanto…

Cada uno da lo que recibe

Luego recibe lo que da
Nada es más simple
No hay otra norma
Nada se pierde
Todo se transforma

– No me quieras tanto que terminaré queriéndote igual.

– No me pida eso, ¿como no quererla?

Dijo eso sin soltarle la mano, sintió su pálpito en la mano de ella.

– ¿Estas sudando?

– Sí

– Dejame limpiar tu mano

– No, así sudo yo siempre…

Se dió cuenta de lo grande que eran sus manos, de lo hermoso de sus largos dedos, de los poros que la surcaban, de las líneas de su palma, de sus uñas cortas y sin pintar ese día, de lo bello que eran. Esas cosas que solo se ven cuando uno está como en la locura, sin cordura, cayendo en abismo del que jamás se podrá salir, al que jamás se intentó entrar.

El vino que pagué yo,
Con aquel euro italiano,
Que había estado en un vagón
Antes de estar en mi mano
Y antes de eso, en Torino
Y antes de Torino, en Pratto
Donde hicieron mi zapato
sobre el que, caería el vino

La Mariela encontró en Augusto lo que no estaba tratando de encontrar, en ese instante recordó además la primera vez que lo había visto, como era con su cara dura y sus palabras de prepotencia, como se miraba de distante y alejado, encumbrado. Ese de entonces, era el mismo que hoy le daba el beso mas importante de su vida.

Abrió los ojos mientras lo besaba, quería ver si él de alguna manera ponía ojos de santo de pueblo como ella cuando daban un beso.

Ella no pudo más, y le devolvió la estocada.

– Augusto, yo también te quiero.

En el fondo, Drexler sonaba:

Supe que, de algún lejano rincón

De otra galaxia, el amor que me darías
Transformado volvería, un día, a darte las gracias

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