Archivo mensual: agosto 2013

Haciendo tortillas en los Amates, Chalatenango

Haciendo tortillas en los Amates, Chalatenango

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30 agosto, 2013 · 0:35

Cuentos para los hijos de una pajarita: el gato vago de la mente (un cuento de juliomartinez)

Este era un gato muy vivaracho, tenía siempre ganas de andar en la calle (como algunos niños) y a su mamá no le gustaba porque en la calle y especialmente en los tejados, hay cualquier tipo de cosas que se pueden encontrar o con las que se puede uno golpear.

En el suelo de la calle uno puede encontrar un clavo puntudo, una piedra filuda, un sapo jediondo, una hormiga chiquita, un sombrero que se le voló a alguien, una moneda que no sirva para nada y unos zapatos shucos. Dios guarde!! para qué quiere uno todas esas cosas!!!

Y en los techos, en los techos todo es pior.  Ahí hay y abundan las lagartijas, los zompopos de mayo cuando es mayo, las ranas que brincan alto, las ardillas dientudas y los otros gatos, todos un gran peligro, bueno… no todos, los zompopos solo son culones, no son peligrosos.

Cada vez que la mamá del gato, que se llamaba Mariela, iba a salir le decía:

– Vaya gatito, usted es obediente y me hace caso, no salga a la calle.

– Miauuuu, le respondía.

Allá andaba la gata Mariela trabajando para llevarle lechita al gatito y así alimentarlo bien, tan bien como deben comer los gatitos que están creciendo si quieren ser grandes y listos.

Ya en la tarde, cuando la gata regresaba encontraba al gatito riéndose el solito, y ella le preguntaba:

– vaya y hoy ¿de que se ríe el gatito?

– Es que hoy fui al estadio a ver un partido de cucarachas, y ganaron las que tenía el pelo mas grande!

– Pero… cómo?!!! , si yo te dije que no salieras!?

– Pero yo fui, yo fui, yo fui… y el gatito se ponía a silbar.

Al otro día, lo mismo, la gata Mariela le decía:

-Vaya gatito, usted hace caso, no vaya ni a la puerta.

– Miauuu, le respondía.

Y se iba la Mariela, a buscar como conseguir el dinero para la comida de los dos. Ya en la tarde, ella regresaba con la leche, los huevos y el pan. Al entrar en la casa, encontró al gatito, carcajeándose tirado en el suelo, muerto de la risa:

– Ve cues, y hoy? que le pasa?

– Es que hoy fuí al cine a ver una película del gato con botas, y esa pelicula me da risa

– ¿y con quien fuiste pués?

– Veee, yo solito chís!, y se reía.

Mariela se quedó pensando… que pasa aquí?

Así, al día siguiente que era sábado, pensó que quizá era bueno no ir a trabajar y ver que era lo que pasaba y con quien salía el gatito.

Hizo como que se iba, y le dijo:

– Vaya gatito, usted es un gato lindo, no salga a la calle ni al tejado.

– Miauuuu, le dijo el gatito.

Mariela salió, se fue a la tienda de la esquina a ver si el gatito salía a la calle. Una hora, dos horas, tres horas, cuatro horas y nada, el gatito no salía. Se regreso la mamá y entro a la casa, y se encontró con el gatito, sobándose la panza y riéndose, y no le pudo la curiosidad y le preguntó:

– ¿y esas risas?

– Es que fui al circo hoy

– ¿y eso?, ¿quién te llevó?

– Ve, yo solito con mi patas

– Mentira si ni has salido de aquí

– Ay mamita, que gata mas boba es usted!! yo soy vago de la mente!!mama gata

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Terco corazón, un cuento de juliomartinez

 Dame un beso y todo queda olvidado, ¿está bien?
Sus ojos me recorrieron de pies a cabeza, se detuvieron en mi suplicante mirada, cerró sus ojos, se puso de puntillas y la besé, suave y tiernamente. Tomó mis manos y las llevó a su pecho.

Eleonora me había estado llamando toda la semana, y yo, ardía de amor por ella, era mi novia en mis pensamientos, pero no se daba cuenta de como me temblaban las manos cuando posaba sus ojos sobre mí.

– ¿Vamos al cine?
– Vamos!! ella no tenía que decirmelo dos veces.
Ibamos al cine, y ahí, en la oscuridad, furtivamente le tomaba las manos, ella sonreía y se soltaba de inmediato, y yo entendía.

– Quiero cenar contigo, yo invito.
– No, vamos a cenar, pero yo pago lo mío.
A pesar de mi machismo, ella aceptaba, y cuando ya estabamos en el restorán, comenzaba a hablarme del noviecito cara de cachinflín que tenía, que me parecía un engreído y que además odiaba en silencio porque robaba los pensamientos de esa muje que yo amaba.

La plática no iba a ningun lado, sino hasta que terminabamos de comer.
– Caminemos y fumamos un cigarro..¿sí?
– Está bien, hace bien después de cenar.
– ¿Sabes que? he pensado mucho en vos, y no se como decirlo…
– ¿Que quieres decir?
– Bueno, que te quiero…
– jajaja!! sí, Gabrielito, yo también te quiero mucho, y me complace siempre hablar y salir contigo…
– No, yo quería decir…
-Querías, pero ya lo dijiste…ah mi hermano, te quiero como a un hermano, el que nunca tuve.

Fin de la conversación, con eso cerraba todo proposito de comentarle mi amor, mi verdadero amor por ella.

Al día siguiente llega a mi casa, y me sorprende cuando me dice que se quedó pensativa la noche anterior.
-¿por qué?
– Bueno, es que yo también te he tomado mucho cariño, y también quiero decirte que te quiero, que eres parte de mi familia, que eres como mi hermanito, a quien puedo contarle mis cosas… y quiero aprovechar para contarte que he pensado casarme, sí, sí, con Felipe, ya sé que no te cae muy bien, pero por eso quería contartelo, para no sorprenderte luego.

Mi quijada cayó, y la levanté de inmediato, tratando de no parecer demasiado sorprendido.
– Felicidades, que bueno!! dije con una voz que ya querría cualquier espanto de ultratumba. Hasta a mí mismo me pareció una frase desentonada.

A partir de ese momento, aunque me doliera mucho, había tomado ya la decisión de no frecuentarle… es que sería menos doloroso para mí, además ella estaba decidiendo su vida, y me lo contaba muy alegre, y yo me sentía fuera de esa vida de pareja que ella tendría.

Pasamos varias semanas sin hablar, ni siquiera por el telefono. De cuando en cuando, mis amigos me decía, que ella me había enviado saludos, que sí me habían visto, que si estaba enfermo, que como estaba… y siempre contestaba, dile que estoy bien. Nuestros encuentros de amistad se habían terminado, suponía yo que ella estaba ocupada en sus preparativos de la boda, y a mí me habría dolido mucho tener que acompañarle en ese proceso.

Uno de esos días, en que la lluvia no ha dejado de caer, en que todo está gris, en que hasta salir de la cama cuesta un tanto, recibí una llamada de un amigo común, Carlitos, quién me dijo que Eleonora le comentó que ella quería hablar conmigo y que yo no había tenido la decencia de responder a sus mensajes. Era cierto, cada que miraba un mensaje suyo en mi móvil, lo borraba.

Le llamé por telefono y me pidió que fuera a su casa, acordamos que sería a las 9 de la noche, después de mis clases, que estaba bien, me dijo que le hacía falta hablar conmigo, le dije que estaba bien que ahí estaría.

Ya eran las nueve, bajé del autobús a media cuadra de su casa, toqué como siempre y ahí estaba ella, totalmente preciosa.
– ¿Como estas?, le pregunté.
– Bien, y al grano, quiero contarte que Felipe y yo hemos terminado, creo que nos dimos cuenta que casarnos no era lo que esperabamos, así que tampoco valía la pena seguir juntos. 
Valoré mucho que te hayas alejado a causa de mi relación con él, no creas que no me dí cuenta.

– Bueno, no era necesario.
– Nada de eso, sabes que te estimo, que te aprecio, que te he extrañado, y que haría cualquier cosa por no perderte.

– Dame un beso y todo queda olvidado, ¿está bien?
Sus ojos me recorrieron de pies a cabeza, se detuvieron en mi suplicante mirada,
cerró sus ojos, se puso de puntillas y la besé, suave y tiernamente.
Tomó mis manos y las llevó a su pecho.

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Corazones al galope, un cuento corto de juliomartínez

– ¿Estas bien? Te palpita mucho el corazón

– Sí, es cierto, debe ser tu cercanía

– Ve, a mí no me palpita tanto, y estoy igual que vos de cerca.

– Deja sentir…

Subió su mano hasta su pecho, la metió bajo la blusa, tomó su pezón delicadamente y luego busco su palpitar más cerca del centro del pecho… esperó unos segundos.

– Tú no estás bien, a vos el corazón te galopa como yegua encarrerada.

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Tu boca roja, un cuento de juliomartínez

“Tu beso se hizo calor,
Luego el calor, movimiento
Luego gota de sudor
Que se hizo vapor, luego viento”

Una nada, Augusto venía soñando desde hacía meses con ella, que como lo que era, se había comportado: Una dama, una dama inteligentes y talentosa, se dejaba ver, se dejaba admirar. Y punto. Mariela era así, es así. Sonrisas para todos, abrazos para ninguno.

Ya lo habían hablado, al menos Augusto se había sincerado hacía ratos y había dejado que sus aspiraciones se fueran levantando con el viento, que lleva y trae, que viene y va. Así en avance y retroceso, él se había dado cuenta que sus miradas iban haciendo un huequito en la Mariela, ella como siempre, como corresponde, se hacía la desentendida.

– Mariela, te invito a una paleta…

– Ni me gustan, ve, no quiero.

– Tal vez una minuta?

– ummm… tal vez, si quieres, invítame, ya veré si te digo que sí.

Él se quedaba pensando… ¿y entonces pué? ¿como es esto?. Mariela en tanto, se sentaba en su piano, tecleaba y pensaba en Augusto. No, no lo pensaba, mas bien lo recordaba, en su boca roja, una sonrisa se dibujaba.

“Que en un ricón de La Rioja,

Movió el aspa de un molino
Mientras se pisaba el vino
Que bebió tu boca roja”

– Ve, Mariela, te tomás un cafecito conmigo?

– (este Augusto, no es lindo pero es; no es simpático, pero es; no es listo, pero es… es él) Vé, solo uno, no te vayas a acostumbrar a andar saliendo conmigo.

– Bueno, si quieres no…

– Vamos, dejáte de cosas.

Iban y mientras el café se enfriaba Augusto ponía ojos de santo de pueblo, mirando a la Mariela; ella se dejaba mirar, lo dejaba abobarse, lo sabía enamorado, o más bien suponía, suponía.

Un día se lo preguntó:

– Augusto… vos, vos… vos sentís algo por mí?

El pistón de su corazón empezó a acelerarse, la miró, la volvió a mirar, bajó la mirada, regresó a verle y con temor de ser mal recibido se lo dijo:

– Yo Mariela, siento algo, pero no sé que es. Es como… un sentir que me haces falta, puedo sentirlo, puedo saber que es, hasta puedo cantarlo en una canción. Pero no puedo describirlo. ¿Alguna vez te has sentido así? Mira, es como si algo tuyo se me hubiera metido dentro de la cabeza, como si fuera parte de mí, pero sin serlo, como si fueras una voz interior mía. Siento algo pués.

La Mariela confirmaba sus sospechas, y a pesar de su sentirse bien, no dejaba de tener pena por aquel, que finalmente no tenía culpa ni mandaba en sus sentimientos. Eso es así, ¿quién puede decirle a su corazón, camina de este lado, palpita lento o palpita rápido, enamórate o no?

Eso lo sabía bien ella, no lo sospechaba él, que era de siempre un tipo que andaba de arriba para abajo, cada día, entregándose a lo suyo, haciendo siempre o casi siempre lo que debía y que no tenía temor de mirar a nadie a la cara, que solo se encontraba consigo mismo en su interior. Augusto que era un pretencioso, había perdido con ella, esa cualidad.

Ella empezaba a ver en el Augusto a una persona que antes no había visto, ese que era su perrito faldero empezaba a verse como otra cosa. A pesar de haber conseguido sin quererlo, que se comportara como  lo que no era, Mariela que siempre miraba a los demás pensando en sí misma, tuvo finalmente ojos para Augusto.

– Siente algo, dice.

– Sí, siento algo.

– Tomese el café mejor, se va a enfriar.

– ¿Y que importa que se enfríe si es mas una excusa para estar con usted, que la gana de tomar café?  El café es una manera de platicar, un café es solamente un encontrarse, compartir miradas y risas, dejar que el tiempo pase mientras las palabras se van cruzando como las espadas, sobándose, dándose golpes a veces. El café no es importante, lo que verdaderamente es importante es este rito de desnudarse de arriba hacia abajo, dejando que el otro o la otra pueda vernos como somos, abrir el alma y entregar confiado al otro lo que somos. Así lo veo…

– Como siempre Augusto, creo que tenés razón. Voy a darte un libro para que leas, algo que tengo por ahi que creo que te gustará, quiero compartir con vos, mi idea y quizá, quizá encuentre entonces una razón para seguirme tomando café con vos.  No, no importa el café. Importa esto que sucede.

Esa tarde, la Mariela se fue a su casa pensando en que había encontrado lo que no buscaba. ¿Como he hecho yo para llegar a esto?

Tu boca roja en la mía,

La copa que gira en mi mano,
Y mientras el vino caía
Supe que, de algún lejano rincón
De otra galaxia, el amor que me darías
Transformado volvería, un día, a darte las gracias

Así los días, los encuentros, los ires y veniremos, los avances y retrocesos, el cielo y el infierno, las luces y las sombras, las aceptaciones y los rechazos.

– Mariela, hoy estamos de fiesta… vienes conmigo y nos tomamos un vinito?

– Y sí, me caería muy bien, además tengo ganas de estar un rato con vos

Mariela se detuvo de sopetón, ¿que había dicho?, ¿ella dejándose llevar por él?, ¿ella diciendo que tenía ganas de estar un rato sentada con él?. Puso su defensa rápidamente.

– Bueno bromeaba, quise decir que sí, que esta noche quisiera tomarme un vino.

– Bien vamos y claro, es fiesta y solo sirve si uno se comporta como si lo fuera.

Y fueron pues. Se sentaron y en la mesa estaban unas flores como a propósito, una vela como para rezo, un corazón dibujado de lo más cursi, dos copas de vino y una tablita de quesos de esos ricos de bolita, de esos que uno casi no come a diario, pero era fiesta.

Y hablaron de lo bonito de las estrellas de como el sol surge cada día para ofrecer la vida, de la manera como el mar nos ofrece su sal, de los árboles de la cordillera y la gente que vive en ella, de la noche y del día. Hasta que él la miro fijo a los ojos como nunca lo hacía, y le soltó una estocada temblorosa. Mientras lo decía Augusto tenía un sudor en las manos y en la frente que eran imposibles de detener. Lo mismo pasaba con sus palabras, fueron saliendo de a poquito pero como chorro que no tiene llave para cerrarse, imposible de detener.

– Mariela, yo te quiero.

– Yo, yo…

En su mente se cruzaron el primer perro que tuvo, las manos de su madre acariciándola, sus primeras muñecas, el beso de aquel muchacho que había inaugurado su adolescencia, y junto con todo ello, la mirada de Augusto. Le dió su mano a Augusto y dejó que este la tomara, se la acercó a su boca y de una manera imposible de describir, cerrando sus ojos, la besó, como si fuera la flor más rara del universo, como si fuera el niño más tierno del mundo, como si no volviera jamás a darle un beso. Era la manera del Augusto de decirle, como el mismo decía, lo que sentía por ella que no tenía descripción alguna, es que ninguna frase, ningun poema ni canción alguna podía decir, por más que se cantara llorando.

– Yo, te tengo mucho afecto Augusto, no me quieras tanto…

Cada uno da lo que recibe

Luego recibe lo que da
Nada es más simple
No hay otra norma
Nada se pierde
Todo se transforma

– No me quieras tanto que terminaré queriéndote igual.

– No me pida eso, ¿como no quererla?

Dijo eso sin soltarle la mano, sintió su pálpito en la mano de ella.

– ¿Estas sudando?

– Sí

– Dejame limpiar tu mano

– No, así sudo yo siempre…

Se dió cuenta de lo grande que eran sus manos, de lo hermoso de sus largos dedos, de los poros que la surcaban, de las líneas de su palma, de sus uñas cortas y sin pintar ese día, de lo bello que eran. Esas cosas que solo se ven cuando uno está como en la locura, sin cordura, cayendo en abismo del que jamás se podrá salir, al que jamás se intentó entrar.

El vino que pagué yo,
Con aquel euro italiano,
Que había estado en un vagón
Antes de estar en mi mano
Y antes de eso, en Torino
Y antes de Torino, en Pratto
Donde hicieron mi zapato
sobre el que, caería el vino

La Mariela encontró en Augusto lo que no estaba tratando de encontrar, en ese instante recordó además la primera vez que lo había visto, como era con su cara dura y sus palabras de prepotencia, como se miraba de distante y alejado, encumbrado. Ese de entonces, era el mismo que hoy le daba el beso mas importante de su vida.

Abrió los ojos mientras lo besaba, quería ver si él de alguna manera ponía ojos de santo de pueblo como ella cuando daban un beso.

Ella no pudo más, y le devolvió la estocada.

– Augusto, yo también te quiero.

En el fondo, Drexler sonaba:

Supe que, de algún lejano rincón

De otra galaxia, el amor que me darías
Transformado volvería, un día, a darte las gracias

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