Archivo mensual: febrero 2013

El arrepentimiento del macho, un cuento de juliomartinez

Juro que me lo contaron

Alfonso y Antonio venían de trabajar al final de la tarde en la construcción del nuevo edificio, y contándose sus gracias y desgracias, como hacen aquellos que sienten la hermandad, que no se tienen pena y que comprenden que compartida la tristeza o la alegría, es menos o es mas.

Así iban bajando la calle Arce, en el entorno de una universidad que era un hervidero de gente, muchachos y muchachas, guapos y guapas, deseados y deseadas. Antonio, “chulió” a un par de ellas, casi que por no dejar pasarlas sin decirles nada, sería un desperdicio, con todo lo que las bichas andan enseñando hoy.

Pasaron por el Pulpo, y los tentáculos del mismo, dibujados casi en la propia cornisa del chupadero viejo y de mala muerte, se movieron agitándose en la forma que la Diosa Kali lo hace, ambos notaron el extraño movimiento del cefalópodo que les pareció irreal, especialmente cuando uno de brazos  se estiró a ellos y luego se dobló  hacía sí mismo como llamándoles, mientras otro los invitaba a pasar al antro.Pulpo1

– ¿Nos damos una vos?

– Dicen que hay  boquita de costillita, además vamos temprano, y me hace falta una cervecita, hace días que no doy dos que tres.

– Pasa, pués, poné cara de chumpe.

Así, entre broma y joda, entraron al Pulpo y pidieron las primeras dos. La mesera, todavía joven, mascando chile, con bamboleo en su andar y a un paso de ser considerada vieja, se acercó, y Antonio le pidió:

– Mira mami, danos dos vasos

– Y de boca?

– La tuya bebita

– Ve, que chistocito

La chica trajo los vasos, evento que se repitió en una frecuencia triple. Pidieron la cuenta, y pagaron haciendo la cabuda, al “rajanajalf”, mitá cada uno pué.

Salieron del pinche chupadero, y avanzaron hacia el centro de la ciudad, en esas iban cuando ven pasar a una señora seguramente mercadera por el delantal, de las que venden cosas en la calle,  y cuyo trasero ocupa toda la acera, usando cada nalga como un vaivén, en un conocido movimiento pendular de nachas, “cuanto te debo, con esto te pago”.

Antonio, que ya venía desinhibido y acostumbrado como está a cuentiar hasta a una chucha, le espetó casi en el oído:

– Que buena estás mamasota

La vieja lo volvió a ver, sonriendo y mostrando dos dientes de oro detrás de los labios carnudos.

– Te gusta lo que ves bebé?

– Estás bien ricota, para darte por todos lados.

– Vamos pué… yo pago el Oso.

La frase le sonó al Antonio a música de angeles celestes, de inmediato miró a Alfonso que le animaba:

– Buzo compadre, ya a hizo.

– Pérame un ratito, volvete al Pulpo y ahí te encuentro…

– Salivale!!

Así, la Rosona y Antonio se enrumbaron hacia el Oso, ese lugar famoso de San Salvador, que ahora tiene sucursal a la par, siendo que ya no da abasto para tanto placerOso.

Ahí se desnudaron, se acostaron y Antonio comenzó a besar aquel frondoso cuerpo amanyulado, chupando los labios de la vieja vendedora, bajando por la panza y dedicándose al ombligo, cuando sintió un olor a pescado podrido, asqueroso, que si bien no fue capaz de achorcholarlo, sí le hizo comprender que había que subir de nuevo, había que regresar por el camino que había recorrido, solo que ahora, al revés.

Sin que Antonio supiera de donde, la Rosona sacó una pechetrini, se la puso en la yugular y le dijo, riéndose:

Ah no, mijito, aquí lo que se comienza se acaba, termine de llegar para donde iba y chupe. Al Antonio no le quedó mas remedio que obedecer, cerró los ojos y sin respirar, se dedicó a lo que le habían ordenado. Luego ambos se levantaron de la cama, la vieja se reía y cuchillo en mano le decía:

– Vos que creías, que yo iba a pagar y vos te ibas a ir riendo, má ve, no jodás, para que aprendás.

Antonio, estaba con aquella sensación entre ahuevado y encachimbado, impotente pués. Se puso el pantalón y antes de salir del cuarto tiró una escupida salida desde la garganta, y le dijo: hija de la gran puta!.

Caminó rápidamente hacia la salida, y siguió hasta el tentacular bebedero, ahí estaba Alfonso, con su vaso de cerveza, bebiéndoselo al tranquilo, miró entrar al Antonio, y le dijo:

– Quijuelule, ya viene el macho de las vendedoras!

– Macho de las vendedoras… mis huevos. Pídame dos cervezas de un solo compadre, que traigo un tufo a mierda en la boca que no se me quita.

De nuevo, el Antonio, sacó desde la garganta el escupitajo, y limpiándose los labios con la manga de la camisa, recordó con asco, el olor de pescado seco podrido.

Deja un comentario

Archivado bajo Sin categoría