El cadejo, un cuento de juliomartinez

Gonzalo venía contento de la gasolinera, había logrado vender lo suficiente como para tener un bonito fin de semana.

Llego a la casa, y abrazo a su mujer, la Sylvia, quien, contenta también como correspondía, abrazaba a su marido.

Era el 12 de diciembre de 1933, y la ciudad apenas daba un atisbo a lo que sería 79 años mas tarde. Entonces, San Salvador tenía muchas callecitas de piedra, callejones sin salida, focos de 60 watts coronados por un sombrero de lamina, y muchas historias contándose en la pequeña urbe.

La frontera de San Salvador era y siempre fué, al oriente la avenida Independencia y al otro lado, al poniente, la Plaza de Las Américas, en la que después se establecería el elemento identitario de los salvadoreños más común y compartido, El Salvador del Mundo.

En la más grande plaza de San Salvador, se establecía el punto de llegada de Santa Tecla, el drive inn La Campana y las últimas casas del final de la Alameda Roosevelt, que todavía tenía un jardincito al medio, casi como el Paseo de la Castellana, en Madrid.

En la Plaza de Las Américas también estaba una pequeña gasolinera, la Esso Las Américas, ahí era donde mandaba Gonzalo Ayala, y ahí era donde precisamente, el día había estado bueno.

Era noche de sábado, noche de celebrarlo. Así que la Sylvia llamó a Víctor y a Julio, y les dijo:

– Vaya muchachos, vamos a cenar, pero Chalo quiere comerse unos panes de los Migueleños, así que hay que ir a comprarlos.

– Bueno, vamos pues!- Vamos Víctor, le dijo el hermano menor. Así comemos pan con pollo hoy.

Los dos cipotes pidieron el dinero y se fueron corriendo desde la casa en el zanjón Zurita, hasta la 6a calle, ahí por donde don Justo, a la par estaba la venta de los panes migueleños, panes con pollo, berro, tomate, rabano y salsa especial que le daban un toque de delicia.

Llegaron y pidieron 6 panes, de los más grandes. Los hicieron esperar unos diez minutos, mientras despachaban  a los mas viejos que habían llegado antes, y que se enojaban si no los despachaban rápidamente.

Con los panes en la mano, metidos en una bolsita mediana de las Lintorrey, salieron en una carrerita de regreso.

La Sylvia estaba en la calle, sobre la 4a, en la esquina, esperando que aparecieran los bichos. Los vio emerger de la esquina como un soplo, mientras ella era apenas alumbrada por el incipiente foquito de la 12 avenida.

Su mirada se estiró un poco, fue despacio buscando acercarse a los dos muchachitos para encontrarlos, mientras el perro blanco que los acompañaba se iba quedando quedito, atras.

Los agarró a los dos de la mano y presurosa entro a la casa

– Que te pasa mamá? Preguntó Julio, el más avispado.

– Hijitos, ustedes no saben que venían bien cuidados, a saber desde dónde venía el cadejo caminando con ustedes

– jajaja!! esta mi mamá, el cadejo es un chucho blanco que camina a la par de uno, y nosotros veníamos solos…

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2 comentarios

Archivado bajo cuentos propios

2 Respuestas a “El cadejo, un cuento de juliomartinez

  1. Juan Aragon

    Bonito Jules, Ya leiste la version de Carlitos Bucio?

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