El tizón, un cuento de juliomartinez

Ya eran las cuatro de la mañana, y la Jacinta había escuchado al gallo con cierta displicencia, y ¿quién se iba a querer levantar en día domingo? Menos en un pueblo tan silente como mal hablado, como era Atiquizaya.

Ve, ni las vacas ni las gallinas buscan levantarse temprano, mas bien al contrario, siempre andan buscando el sábado en la noche, un lugar donde al día siguiente no dé el sol.

De todos modos, pues, había que levantarse, a socarla, como quien dice.

Se fue a la pila y se lavó las manos. Entró al baño y después de haber terminado, volvió a lavarse, secándose con la toalla rosada pálido, que estaba colgada. Pensó que no había que hacer ruido, para qué levantar a los demás, si de todos modos, nadie le iba a ayudar a encender el fuego, que para eso, no se necesitan dos, solo uno.

Se fué a la cocina, y encendió el fuego, puso el café y se dispuso a calentar los frijoles, de manera que estuvieran listos para el primero que se levantara. Podían ser pobres, pero por frijoles, nadie lo iba a ahuevar, ve chis.

Hasta que el calor hizo insoportable el encierro, decidió abrir la ventana para dejar entrar el frío de la madrugada, ya iban a dar las cinco y estaba inusualmente oscuro. Asomó a la ventana y vio que a media cuadra, como del lado de Turín, venían dos mujeres platicando con sus cántaros en la cabeza.

– Achis, y estas ¿quienes son? ¿y de donde vienen de acarrear agua? ¿o no es agua lo que traen?

Así se fue haciendo varias preguntas, hasta que las dos mujeres, se fueron acercando a su ventana.

-Buenos diyasledediossss, sonó la voz de una de ellas…

– le de diossssss… repitió la otra.

– Buenos días, les respondió la Jacinta.

– Mire -dijo la primera- será que me regala fuego?

– Fuego?

– Sí, presteme un tizón, para encender un mi cigarro, que me gusta humar de mañanita…

– Ahh, como nó.. pereme…

Jacinta dió la vuelta y a pesar del calor sintió un “calosfrío”, como ella decía cada vez que le daba un temblorcito en la columna vertebral. ¿Que me pasa? se dijo. Agarró un tizón y regresó a la ventana donde había dejado a las dos mujeres. Sorpresa, ya no había dos sino que una, cuya mirada era tapada por la sombra que le daba el cántaro.

-Vaya aquí está… La mujer sacó un cigarro quién sabe de donde, y agarró el tizón, le dirigió la mirada a Jacinta que mirando el rojo del carbón en la punta del tizón, sintió un punzón en esa mirada, se fijó en ella y se dió cuenta que el color de los ojos era del mismo color del tizón

– Huyyyyyysssshhh esto no es de esta vida!!!

– Jaajajajajajajajaaaa… jajajajajajajaja… jajajajajajajajaja!!

La mujer salió corriendo, con el cántaro en la cabeza y dándole vueltas con la mano al tizón encendido. La Jacinta cerró rapidito la ventana y salió gritando para dentro, como loca.

Hoy, después de 25 años que pasó eso, todavía la Jacinta, de vez en cuando mira unos ojos como tizones en las madrugadas,

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