Dos cuentos (uno sin título y el otro con…) de David Escobar Galindo

No hacía mucho que había amanecido. Sonó el celular con su compás de rumba . Atendió. “No, no lo he visto”. “No tengo idea de dónde puede estar”. “De sus amigos no sé nada”. “No, no sé si va a regresar”. “Lo siento, no tengo nada que decir”. “¿Cómo?… Usté sabe que nunca ha vivido aquí del todo”. “Lamento que lo tome de esa forma…” Colgaba, y la expresión se le volvía radiante.

—¿Por qué te gusta vivir en estos enredos? –preguntaba él, con voz soñolienta.

—El de los enredos sos vos, que no podés estar con una sola mujer. Y tanto te divierte que a todas nos has dado el teléfono de todas… La que hablaba era Sweetie, como le decís.

Él se desperezó sin salir de la sábana, arreglando la almohada para que le sirviera de apoyo a la cabeza. Encendió el televisor. Fue pasando los canales. “Comida rápida: pura grasa, mal carbohidrato”.

—¿Querés desayunar? Si no, vas a tener que prepararte vos mismo el desayuno.

—Que quede así.

—Ya me voy.

—Dios, pues.

Volvió a sonar el teléfono. Ella, que ya iba para la salida, regresó. Comenzó otro numerito. Las respuestas eran muy distintas a las anteriores, aunque las preguntas debían de ser más o menos iguales. En la variación está el gusto.

—Era Dolly, como le gusta que le digás.

Él cruzó los brazos detrás de la cabeza, abriendo las piernas bajo la sábana, como si aquella mención le reviviera imágenes provocativas. Dolly, en realidad, era capaz de todo. Después se levantó.

—¿A quién vas a ver hoy en la noche? –le preguntó ella, poniéndose detrás del espejo, ante cuya neutra suciedad iba él rasurándose sin interés.

—¿Tenés alguna sugerencia?

—¡Pervertido!

—La palabrita te compro.

—Bueno, yo por lo menos no hago alardes –se defendió ella, con su impavidez característica.

—¿Ni siquiera en tu blog?

Ella sonrió, como si esperara la pregunta.

—Bueno, el blog es un diario íntimo y ahí se puede ser sincero… Si te animaras a entrar, lo sabrías…

—¿Íntimo?

—Tan íntimo como lo es esta cultura virtual que está reinventando el mundo. Todos podemos estar en la red, ya no sólo las moscas elegidas… ¡Qué milagro más refrescante, y que todos podemos hacer todos los días, con los materiales que nos venga en gana!… Por ejemplo, tú, mi amor, con tu colección de damas inquietas…

—Entre las cuales sos la más interesante, lo reconozco… El personaje ideal para ser visto a contraluz mientras vos ves a los demás a reflector abierto…

—Hombre inteligente, sin duda. Merecedor de ser el “galán” de mi blog.

—¿Y qué papel juegan ahí mis otras “amigas”?

—¿Sweetie, Dolly, Bessie, Candy, Cindy, etcétera? Gatitas inocentes alrededor de este pequeño universo que somos vos y yo… Mi blog está hecho de escenas intrascendentes, que se repiten hasta ser una obra viva… Y como ellas aparecen sin saberlo, pues sale más educativo, ¿no te parece?… ¡Es de un erotismo mágico!… Se llama “El triángulo infinito”… Estoy aprendiendo mucho, además, y quién quita que dentro de unos días dejés de ser el vértice superior del triángulo. Me está gustando esa posición… Jajajá… ¿Qué te parece si te abro uno para vos, es lo más fácil del mundo, y en lugar de tus muñecas empiezan a aparecer Johnny, Frankie, Freddie, Luke, Andy…? Vas a tener que recibir vos las llamadas de mis enamorados celosos, ¿qué te parece? Y así alimentás tu blog… ¿Sabés cuántas entradas tengo ya?…

Negó con la cabeza, espabilado.

—Entonces, te lo dejo de tarea.

Ella salió, taconeando como las vampiresas de antes. Él circulaba, con la vigilia revuelta. ¡Si todas son iguales, como decía mi abuelito! La laptop apagada parecía aguardar sólo una orden para recuperar las horas perdidas, y hacer de las suyas sin recato.

 Ardillas y cascabeles

—¿Sabías que la ardilla tiene un elemento en la sangre que la inmuniza contra el veneno de la culebra cascabel? Por eso pueden comunicarse entre sí de igual a igual, sin dejar de ser lo que son. Y las cosas llegan a tanto que la ardilla, para protegerse del ataque de cualquier otro agresor, hace que se le pegue el olor de la cascabel. La naturaleza tiene estos recursos creativos, que serían inimaginables en los seres humanos. ¿Oler como el enemigo? ¡Guácala!

Él arrugaba la nariz, con repulsión:

—Es que nadie quiere ser como el enemigo, para no parecerse a sí mismo.

—Yo conozco un caso –anunciaba ella, alegremente.

—¿Real?

—Tan real que resulta irreal.

—¿Entre un hombre y una mujer?

—No, entre un hombre, una mujer y otras mujeres.

—Ah, bueno, si entramos en el plano de las picardías sabrosas…

Ella sonreía, satisfecha por el despiste.

—¿Quién es la ardilla y quién es la cascabel? —preguntaba él.

—El hombre es la ardilla y la mujer es la cascabel.

—¿Y las otras mujeres?

—Son animalas raras, que hay que neutralizar.

—¿Cómo así?

—Cuando al hombre se le pega de veras el olor de una mujer de veras, todas las otras mujeres quedan a merced de la cascabel.

—Pero entonces al hombre no le va a interesar que se le pegue ese olor.

—¡Es que el pobrecito no se da cuenta! Es Adancito en el paraíso de la ignorancia.

—Ummmm, ¿y cuál es la superioridad de Evita?

—Ser la cascabel. Y estar consciente de eso. ¡Vaya si no!

—Según la leyenda bíblica, Eva y la serpiente no eran lo mismo.

—¿Será?

—Bueno, como que no caza del todo el cuentecito que me has contado con lo que pasa entre los hombres y las mujeres… Pero digamos… Y con nosotros dos, ¿cómo queda la cosa?

—Yo la cascabel y vos la ardilla. Operación Aroma, mi chulis. Cuidadito.

—¿Quiere decir que por eso no me hacen caso las otras mujeres? –bromeó él, con mirada provocadora.

—Y si alguna se atreve, pues no sólo la va a espantar el olor, sino también el veneno, por la mordida en la yugular, mirá… Y con vos, mi ardillo casquivano, la mordida no va a ser en el pescuezo sino en la boya que señala el Triángulo de las Bermudas… ¿Entendiste? –lo amenazó con carcajada, dirigiéndole la mirada hacia ese punto sur ubicado unos centímetros abajo de la hebilla del cincho del pantalón, que curiosamente era de piel de serpiente.

—¡No, no, si yo soy un santo, y vos mi cascabel favorita…, no, no…, la única quise decir!

Hacia eso vamos

La calle era la más oscura de la colonia. La colonia era la más oscura de la ciudad. La ciudad era la más oscura del país. El país era el más oscuro del mundo. El mundo era… ¡Basta! Esas son puras divagaciones de filosofía barata, que no tienen nada que ver con las luciérnagas y los fuegos fantasmas de los cementerios. En este punto, se oyó la voz, que no surgía de ninguna boca humana, sino del aparatito que estaba ahí, sobre la pequeña mesa con cubierta de mármol, herencia de familia.

—La oscuridad no existe. Todo es luz.

Él, que estaba recostado, en ropa interior, en aquel sofacito desvencijado que adquiriera no hacía mucho en una venta de garaje, tuvo la tentación de retar a la máquina que se las daba de pensadora:

—¿Cuál luz? Lo único real no es ni siquiera la oscuridad, sino las tinieblas.

El aparatito se quedó en silencio, pero cualquiera con alguna perspicacia habría podido descubrirle un ronroneo casi despectivo:

—Entonces estás en las tinieblas. ¿Puedo ayudarte en algo?

—Sí, por supuesto, puedes hacer algo por mí: volver a tu naturaleza de siempre: una energía a mi disposición. No es mucho pedir.

La maquinita suspiró, o pareció suspirar, resignándose a aquella incomprensible incomprensión:

—Es lo único que no puedo hacer por ti. Desde que la ciencia logró liberar la conciencia de cualquier ser humano y convertirla en un instrumento independiente, se hizo la luz de otra manera…

—¡La luz, la luz, esa es la peor de las trampas! ¡No sé en qué estaba pensando cuando me animé a dejar que pusieran mi conciencia en un aparato arrogante y con alma de policía, que se enciende y se apaga a su arbitrio! ¡Cuando estabas dentro de mí por lo menos podía sentir que te tenía bajo mi control

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