El Coral, un cuento de juliomartinez

– ¿Y qué?

Jesús Martínez dijo la frase sabiendo que a él lo consideraban el mas macho de ese cantón, y que muy pocos, tal vez ninguno se atrevería a cuestionar su palabra.

Se regresó a su casa dejando a los otros jugadores de “chivos” bien encachimbados, pero ni aún entre todos se atrevieron a decir palabra. Solo hasta que su sombra había desaparecido después del puentecito que llevaba al cerro Tehuechode, dijo uno de ellos:

– Ese hijueputa a saber que se cree, hace trampa cuando quiere, trae dados cargados, no paga cuando no quiere pagar y de ribete nos hace afrenta…

– A mí ya me está cansando Juan, no hay derecho, solo a jodernos viene y se va, ansina, tranquilo y sin pagar.

– Pues, yo no sé ustedes, pero a ese maishtro le tengo miedo, dicen cosas feyas de él.

Jesús regresó a su casa, mientras la tarde iba cayendo para dejar que el cielo se transformara en un manto azul oscuro pintado de estrellas, puso un poco de café, ladeó la ollada de fríjoles, tostó cuatro tortillas y se dispuso a cenar.

Luego, se fué quitando la ropa, primero los zapatos y los puso a la par uno del otro; luego el pantalón, y lo dejo en el suelo, como si estuviera haciendo una figura humana con la ropa y los zapatos; despues hizo lo mismo con la camisa… en la medida que se iba quitando cada una de las piezas de su vestido, su cuerpo iba tomando una forma grotesca, encorvada, pequeña…. se quitó el sombrero y Jesús ya no era Jesús, un mico había tomado el espacio que ocupaba ese hombre de quién se decían cosas feas en el pueblo que a diferencia de otros pueblos, comía tortillas de arroz y no de maíz.

Era febrero de mil novecientos sesenta y tres, los Martínez eran considerados en su cantón como gente de la que había que cuidarse, pero a la vez gente a la que se podía acudir si algo malo pasaba, y ya se sabía que se recibiría ayuda, que no dejaban fallecer a nadie.

El mico, saltó por los tejados de la casa, se agarró de unas ramas del palo de caimito, saltó hacia uno de mangos y siguió en su ruta corriendo encima de los matasanos, y así, hasta que llegó a la casa de los Mejía, la familia mas rica del pueblito metido en medio de colinas y ríos. Olocuilta, el pueblo de los gusanos del elote, tenía una sola familia rica, casi dueña del pueblo, los Mejía tenían una hija a la que esperaban casar con alguien de la ciudad, de la capital. Mientras ese momento llegaba, Jesús Martínez ya había “ispiado”, en mas una vez a la Micaela, ya había llegado hasta su ventana en forma de mico, ágil y fugaz, tanto que no se habían enterado siquiera.

Pablo Mejía había escuchado ruidos sobre el tejado esa noche, y conocía de la historia del mico. Así que algo se le cruzó por la mente.

– “No vaya a ser ese mico que dicen que es un hombre del cerro transformado que me lo apeyo”.  Sacó la escopeta de 7 tiros, una winchester, la chasqueó, y salió al patio, sin hacer ruido. Ahí en la ventana de la Micaela, se encontró con la mirada fija del mico, cuyos ojos relumbraron a la par de las estrellas de la noche, levantó la escopeta, el mico dio tremendo gritó y corrió saltando hacia los árboles, mientras Pablo le apuntaba y jalaba el gatillo. Pum!! se oyó un alarido, las gotas de sangre cayeron, pero el mico no se detuvo.

Como pudo, siguió en su carrera hasta su casa, arriba del cerro, se puso el sombrero, luego la camisa, mientras su cuerpo retornaba a su forma original, la herida de los perdigones se miraba mas fea, se puso el pantalón, trajo agua del pozo, y se limpió la sangre. Sacó uno por uno los veinte perdigones que tenía dentro. Se puso un poco de chichipince molido, y trabó un trapo para que no se infectara la herida.

En el pueblo, Pablo Mejía se reía, tanto que sus carcajadas se escuchaban en todos lados. A la mañana siguiente, en los corredores de las casa ya todo el mundo sabía la noticia. Pablo le había dado un escopetazo al hombre-mico.

Jesús dejó de ir al pueblo unos días, mientras se curaba. Pablo sospechaba de Jesús, que era el mico, pero no lo sabía.

Un día, pablo andaba mirando su cafetal, el más grande de todos, comenzaba en Olocuilta y terminaba en Cuyultitán, mirando, y descuajando la sombra. Cansado se bajó de los árboles y se sentó a la par de un árbol de Cuernavaca para tomar un trago de agua, cuando de repente una serpiente coral le picó en la mano, con la otra alcanzó a machetear, partiéndola en dos, sin embargo mientras las pupilas se le iban cerrando, alcanzó a ver como las dos partes de la serpiente se iban juntando, y comenzaba de nuevo a reptar por el cafetal, rumbo al cerro.

Esa noche fue el velorio de Pablo, todos los vecinos del pueblo fueron a despedir al mas pudiente, al mas rico. Su hija y su esposa lo lloraban mucho. Al día siguiente, las caravanas de gente caminaban con el féretro hacia el cementerio.

Pasaron los meses, los años. Candelaria, la viuda de Pablo no podía mas con la finca, sin embargo, trataba y trataba. Entre sus peones, había uno, un tal Jesús Martínez, el mas macho entre los machos, que se le acercaba confianzudo. El hombre es fuego, la mujer estopa, viene el diablo y sopla.


Una tarde Jesús fue solicitado por Candelaria para que no se fuera temprano, que quería hablar con él sobre unos trabajos del día siguiente. Jesús, que no era bobo, comprendió y se quedó, platicando hasta que Micaela se fue a dormir.Candelaria paso sus manos sobre las piernas de Jesús, este le volteó a ver y con sus manos tomó sus caderasde manera firme, sintiendo el calor de su cuerpo. Candelaria le quitó la camisa y notó una extraña cicatriz que cruzaba la cintura de Jesús en todo su derredor, y le preguntó:- ¿Que le pasó ahí Jesús?

Jesús, se miró, se tocó con los dedos la cicatriz y le dijo:

-Un machetazo de uno que pensaba que a Jesús se le terminaba fácil, no se dio cuenta que uno tiene siete vidas.

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