Archivo mensual: noviembre 2011

Dos cuentos (uno sin título y el otro con…) de David Escobar Galindo

No hacía mucho que había amanecido. Sonó el celular con su compás de rumba . Atendió. “No, no lo he visto”. “No tengo idea de dónde puede estar”. “De sus amigos no sé nada”. “No, no sé si va a regresar”. “Lo siento, no tengo nada que decir”. “¿Cómo?… Usté sabe que nunca ha vivido aquí del todo”. “Lamento que lo tome de esa forma…” Colgaba, y la expresión se le volvía radiante.

—¿Por qué te gusta vivir en estos enredos? –preguntaba él, con voz soñolienta.

—El de los enredos sos vos, que no podés estar con una sola mujer. Y tanto te divierte que a todas nos has dado el teléfono de todas… La que hablaba era Sweetie, como le decís.

Él se desperezó sin salir de la sábana, arreglando la almohada para que le sirviera de apoyo a la cabeza. Encendió el televisor. Fue pasando los canales. “Comida rápida: pura grasa, mal carbohidrato”.

—¿Querés desayunar? Si no, vas a tener que prepararte vos mismo el desayuno.

—Que quede así.

—Ya me voy.

—Dios, pues.

Volvió a sonar el teléfono. Ella, que ya iba para la salida, regresó. Comenzó otro numerito. Las respuestas eran muy distintas a las anteriores, aunque las preguntas debían de ser más o menos iguales. En la variación está el gusto.

—Era Dolly, como le gusta que le digás.

Él cruzó los brazos detrás de la cabeza, abriendo las piernas bajo la sábana, como si aquella mención le reviviera imágenes provocativas. Dolly, en realidad, era capaz de todo. Después se levantó.

—¿A quién vas a ver hoy en la noche? –le preguntó ella, poniéndose detrás del espejo, ante cuya neutra suciedad iba él rasurándose sin interés.

—¿Tenés alguna sugerencia?

—¡Pervertido!

—La palabrita te compro.

—Bueno, yo por lo menos no hago alardes –se defendió ella, con su impavidez característica.

—¿Ni siquiera en tu blog?

Ella sonrió, como si esperara la pregunta.

—Bueno, el blog es un diario íntimo y ahí se puede ser sincero… Si te animaras a entrar, lo sabrías…

—¿Íntimo?

—Tan íntimo como lo es esta cultura virtual que está reinventando el mundo. Todos podemos estar en la red, ya no sólo las moscas elegidas… ¡Qué milagro más refrescante, y que todos podemos hacer todos los días, con los materiales que nos venga en gana!… Por ejemplo, tú, mi amor, con tu colección de damas inquietas…

—Entre las cuales sos la más interesante, lo reconozco… El personaje ideal para ser visto a contraluz mientras vos ves a los demás a reflector abierto…

—Hombre inteligente, sin duda. Merecedor de ser el “galán” de mi blog.

—¿Y qué papel juegan ahí mis otras “amigas”?

—¿Sweetie, Dolly, Bessie, Candy, Cindy, etcétera? Gatitas inocentes alrededor de este pequeño universo que somos vos y yo… Mi blog está hecho de escenas intrascendentes, que se repiten hasta ser una obra viva… Y como ellas aparecen sin saberlo, pues sale más educativo, ¿no te parece?… ¡Es de un erotismo mágico!… Se llama “El triángulo infinito”… Estoy aprendiendo mucho, además, y quién quita que dentro de unos días dejés de ser el vértice superior del triángulo. Me está gustando esa posición… Jajajá… ¿Qué te parece si te abro uno para vos, es lo más fácil del mundo, y en lugar de tus muñecas empiezan a aparecer Johnny, Frankie, Freddie, Luke, Andy…? Vas a tener que recibir vos las llamadas de mis enamorados celosos, ¿qué te parece? Y así alimentás tu blog… ¿Sabés cuántas entradas tengo ya?…

Negó con la cabeza, espabilado.

—Entonces, te lo dejo de tarea.

Ella salió, taconeando como las vampiresas de antes. Él circulaba, con la vigilia revuelta. ¡Si todas son iguales, como decía mi abuelito! La laptop apagada parecía aguardar sólo una orden para recuperar las horas perdidas, y hacer de las suyas sin recato.

 Ardillas y cascabeles

—¿Sabías que la ardilla tiene un elemento en la sangre que la inmuniza contra el veneno de la culebra cascabel? Por eso pueden comunicarse entre sí de igual a igual, sin dejar de ser lo que son. Y las cosas llegan a tanto que la ardilla, para protegerse del ataque de cualquier otro agresor, hace que se le pegue el olor de la cascabel. La naturaleza tiene estos recursos creativos, que serían inimaginables en los seres humanos. ¿Oler como el enemigo? ¡Guácala!

Él arrugaba la nariz, con repulsión:

—Es que nadie quiere ser como el enemigo, para no parecerse a sí mismo.

—Yo conozco un caso –anunciaba ella, alegremente.

—¿Real?

—Tan real que resulta irreal.

—¿Entre un hombre y una mujer?

—No, entre un hombre, una mujer y otras mujeres.

—Ah, bueno, si entramos en el plano de las picardías sabrosas…

Ella sonreía, satisfecha por el despiste.

—¿Quién es la ardilla y quién es la cascabel? —preguntaba él.

—El hombre es la ardilla y la mujer es la cascabel.

—¿Y las otras mujeres?

—Son animalas raras, que hay que neutralizar.

—¿Cómo así?

—Cuando al hombre se le pega de veras el olor de una mujer de veras, todas las otras mujeres quedan a merced de la cascabel.

—Pero entonces al hombre no le va a interesar que se le pegue ese olor.

—¡Es que el pobrecito no se da cuenta! Es Adancito en el paraíso de la ignorancia.

—Ummmm, ¿y cuál es la superioridad de Evita?

—Ser la cascabel. Y estar consciente de eso. ¡Vaya si no!

—Según la leyenda bíblica, Eva y la serpiente no eran lo mismo.

—¿Será?

—Bueno, como que no caza del todo el cuentecito que me has contado con lo que pasa entre los hombres y las mujeres… Pero digamos… Y con nosotros dos, ¿cómo queda la cosa?

—Yo la cascabel y vos la ardilla. Operación Aroma, mi chulis. Cuidadito.

—¿Quiere decir que por eso no me hacen caso las otras mujeres? –bromeó él, con mirada provocadora.

—Y si alguna se atreve, pues no sólo la va a espantar el olor, sino también el veneno, por la mordida en la yugular, mirá… Y con vos, mi ardillo casquivano, la mordida no va a ser en el pescuezo sino en la boya que señala el Triángulo de las Bermudas… ¿Entendiste? –lo amenazó con carcajada, dirigiéndole la mirada hacia ese punto sur ubicado unos centímetros abajo de la hebilla del cincho del pantalón, que curiosamente era de piel de serpiente.

—¡No, no, si yo soy un santo, y vos mi cascabel favorita…, no, no…, la única quise decir!

Hacia eso vamos

La calle era la más oscura de la colonia. La colonia era la más oscura de la ciudad. La ciudad era la más oscura del país. El país era el más oscuro del mundo. El mundo era… ¡Basta! Esas son puras divagaciones de filosofía barata, que no tienen nada que ver con las luciérnagas y los fuegos fantasmas de los cementerios. En este punto, se oyó la voz, que no surgía de ninguna boca humana, sino del aparatito que estaba ahí, sobre la pequeña mesa con cubierta de mármol, herencia de familia.

—La oscuridad no existe. Todo es luz.

Él, que estaba recostado, en ropa interior, en aquel sofacito desvencijado que adquiriera no hacía mucho en una venta de garaje, tuvo la tentación de retar a la máquina que se las daba de pensadora:

—¿Cuál luz? Lo único real no es ni siquiera la oscuridad, sino las tinieblas.

El aparatito se quedó en silencio, pero cualquiera con alguna perspicacia habría podido descubrirle un ronroneo casi despectivo:

—Entonces estás en las tinieblas. ¿Puedo ayudarte en algo?

—Sí, por supuesto, puedes hacer algo por mí: volver a tu naturaleza de siempre: una energía a mi disposición. No es mucho pedir.

La maquinita suspiró, o pareció suspirar, resignándose a aquella incomprensible incomprensión:

—Es lo único que no puedo hacer por ti. Desde que la ciencia logró liberar la conciencia de cualquier ser humano y convertirla en un instrumento independiente, se hizo la luz de otra manera…

—¡La luz, la luz, esa es la peor de las trampas! ¡No sé en qué estaba pensando cuando me animé a dejar que pusieran mi conciencia en un aparato arrogante y con alma de policía, que se enciende y se apaga a su arbitrio! ¡Cuando estabas dentro de mí por lo menos podía sentir que te tenía bajo mi control

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El Coral, un cuento de juliomartinez

– ¿Y qué?

Jesús Martínez dijo la frase sabiendo que a él lo consideraban el mas macho de ese cantón, y que muy pocos, tal vez ninguno se atrevería a cuestionar su palabra.

Se regresó a su casa dejando a los otros jugadores de “chivos” bien encachimbados, pero ni aún entre todos se atrevieron a decir palabra. Solo hasta que su sombra había desaparecido después del puentecito que llevaba al cerro Tehuechode, dijo uno de ellos:

– Ese hijueputa a saber que se cree, hace trampa cuando quiere, trae dados cargados, no paga cuando no quiere pagar y de ribete nos hace afrenta…

– A mí ya me está cansando Juan, no hay derecho, solo a jodernos viene y se va, ansina, tranquilo y sin pagar.

– Pues, yo no sé ustedes, pero a ese maishtro le tengo miedo, dicen cosas feyas de él.

Jesús regresó a su casa, mientras la tarde iba cayendo para dejar que el cielo se transformara en un manto azul oscuro pintado de estrellas, puso un poco de café, ladeó la ollada de fríjoles, tostó cuatro tortillas y se dispuso a cenar.

Luego, se fué quitando la ropa, primero los zapatos y los puso a la par uno del otro; luego el pantalón, y lo dejo en el suelo, como si estuviera haciendo una figura humana con la ropa y los zapatos; despues hizo lo mismo con la camisa… en la medida que se iba quitando cada una de las piezas de su vestido, su cuerpo iba tomando una forma grotesca, encorvada, pequeña…. se quitó el sombrero y Jesús ya no era Jesús, un mico había tomado el espacio que ocupaba ese hombre de quién se decían cosas feas en el pueblo que a diferencia de otros pueblos, comía tortillas de arroz y no de maíz.

Era febrero de mil novecientos sesenta y tres, los Martínez eran considerados en su cantón como gente de la que había que cuidarse, pero a la vez gente a la que se podía acudir si algo malo pasaba, y ya se sabía que se recibiría ayuda, que no dejaban fallecer a nadie.

El mico, saltó por los tejados de la casa, se agarró de unas ramas del palo de caimito, saltó hacia uno de mangos y siguió en su ruta corriendo encima de los matasanos, y así, hasta que llegó a la casa de los Mejía, la familia mas rica del pueblito metido en medio de colinas y ríos. Olocuilta, el pueblo de los gusanos del elote, tenía una sola familia rica, casi dueña del pueblo, los Mejía tenían una hija a la que esperaban casar con alguien de la ciudad, de la capital. Mientras ese momento llegaba, Jesús Martínez ya había “ispiado”, en mas una vez a la Micaela, ya había llegado hasta su ventana en forma de mico, ágil y fugaz, tanto que no se habían enterado siquiera.

Pablo Mejía había escuchado ruidos sobre el tejado esa noche, y conocía de la historia del mico. Así que algo se le cruzó por la mente.

– “No vaya a ser ese mico que dicen que es un hombre del cerro transformado que me lo apeyo”.  Sacó la escopeta de 7 tiros, una winchester, la chasqueó, y salió al patio, sin hacer ruido. Ahí en la ventana de la Micaela, se encontró con la mirada fija del mico, cuyos ojos relumbraron a la par de las estrellas de la noche, levantó la escopeta, el mico dio tremendo gritó y corrió saltando hacia los árboles, mientras Pablo le apuntaba y jalaba el gatillo. Pum!! se oyó un alarido, las gotas de sangre cayeron, pero el mico no se detuvo.

Como pudo, siguió en su carrera hasta su casa, arriba del cerro, se puso el sombrero, luego la camisa, mientras su cuerpo retornaba a su forma original, la herida de los perdigones se miraba mas fea, se puso el pantalón, trajo agua del pozo, y se limpió la sangre. Sacó uno por uno los veinte perdigones que tenía dentro. Se puso un poco de chichipince molido, y trabó un trapo para que no se infectara la herida.

En el pueblo, Pablo Mejía se reía, tanto que sus carcajadas se escuchaban en todos lados. A la mañana siguiente, en los corredores de las casa ya todo el mundo sabía la noticia. Pablo le había dado un escopetazo al hombre-mico.

Jesús dejó de ir al pueblo unos días, mientras se curaba. Pablo sospechaba de Jesús, que era el mico, pero no lo sabía.

Un día, pablo andaba mirando su cafetal, el más grande de todos, comenzaba en Olocuilta y terminaba en Cuyultitán, mirando, y descuajando la sombra. Cansado se bajó de los árboles y se sentó a la par de un árbol de Cuernavaca para tomar un trago de agua, cuando de repente una serpiente coral le picó en la mano, con la otra alcanzó a machetear, partiéndola en dos, sin embargo mientras las pupilas se le iban cerrando, alcanzó a ver como las dos partes de la serpiente se iban juntando, y comenzaba de nuevo a reptar por el cafetal, rumbo al cerro.

Esa noche fue el velorio de Pablo, todos los vecinos del pueblo fueron a despedir al mas pudiente, al mas rico. Su hija y su esposa lo lloraban mucho. Al día siguiente, las caravanas de gente caminaban con el féretro hacia el cementerio.

Pasaron los meses, los años. Candelaria, la viuda de Pablo no podía mas con la finca, sin embargo, trataba y trataba. Entre sus peones, había uno, un tal Jesús Martínez, el mas macho entre los machos, que se le acercaba confianzudo. El hombre es fuego, la mujer estopa, viene el diablo y sopla.


Una tarde Jesús fue solicitado por Candelaria para que no se fuera temprano, que quería hablar con él sobre unos trabajos del día siguiente. Jesús, que no era bobo, comprendió y se quedó, platicando hasta que Micaela se fue a dormir.Candelaria paso sus manos sobre las piernas de Jesús, este le volteó a ver y con sus manos tomó sus caderasde manera firme, sintiendo el calor de su cuerpo. Candelaria le quitó la camisa y notó una extraña cicatriz que cruzaba la cintura de Jesús en todo su derredor, y le preguntó:- ¿Que le pasó ahí Jesús?

Jesús, se miró, se tocó con los dedos la cicatriz y le dijo:

-Un machetazo de uno que pensaba que a Jesús se le terminaba fácil, no se dio cuenta que uno tiene siete vidas.

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Breve historia del Pene (ah dió, que cosas, estos cinco poemitas, serán del gusto de alguno/a)

Por allá en los años sesenta, un montón de intelectuales medio borrachos y medio inspirados comenzaron a soltar seguidillas de versos obscenos en algún café del centro de Bogotá, o quizá en La Candelaria.
No dudo que algo así debe haber pasado en los setentas en el Bella Napoles, con Jaime, Quincho, El Cabezón, Mario Noel,  Miguel Angel y los demás. Ejercicio “rimero”, vulgariada, bromas y jodarria. Un día de estos recojo los poemas y letras de los servicios sanitarios de mi novia, la San Salvador. Será por lo menos, entretenido.
Abajo, pue, una muestra de La historia del pene y aledaños a través de los siglos y los años.  
Vencido Adán por femeninas tretas
a Eva preguntó: ¿Por dónde orinas?
Repuso ella, cogiéndose las tetas:
Yo me aguanto las ganas, ¿tú qué opinas?
Se presume que fue, de esta manera,
como el mundo llegó a la berraquera.
Y la herencia que de Eva se recibe
en los próximos versos se describe.
La Biblia en sus libros iniciales
poco habla de las partes genitales.
Pero se dice, con saber rotundo,
que el tórtolo es el eje de este mundo.
Dicen que el malparido de Caín
mató a un equino y le arrancó el tomín.
Y, blandiendo tal arma con la mano,
a tortolazos liquidó a su hermano.
Y el Arcángel Gabriel caparlo quiso
más Caín escapó del paraíso
y refieren que errante y vagabundo
fue en eso de tirar el más profundo.
Se cuenta que en el Arca de Noé
tiraban acostados y de pie
y que en medio de tanta confusión
hasta la pulga tuvo menstruación
y que gozaban allí los animales
frotándose las partes genitales.
Noe, borracho que en la historia asoma,
tuvo fe inquebrantable en la “paloma”
y disponía de un servil copero
que usa ya bigote minetero.
Nos dice Babilonia la indiscreta
que Sansón se acabó por la bragueta
y que Dalila en memorable juerga
le peluqueó los pelos de la verga.
Dicen que Malaquías, el Profeta,
fue el primero en batirse la puñeta
y que Moisés, atravesando el Nilo,
se lo dejó mamar de un cocodrilo.
Diéronle a Sansón, ciencia infinita,
los dulces polvos de la Sulamita
y quiso, corrompido tan feroz,
clavar a un niño y dividirlo en dos.
Cuentan que David cuando cantaba
con las manos el pene se agarraba
y que a Goliat, después de varias pruebas,
le asestó un caucherazo por las guevas.
En el impúdico pueblo de Gomorra
fue común el marica y la machorra
y allí nació al conjuro de la magia
la pacífica y dulce blenorragia.
Otros muestran la chocha de Popea
como origen de toda gonorrea,
y que su hijo Nerón por todos lados
infectó de este mal a sus soldados.
[Personajes]
Cleopatra y Marco Antonio en las galeras
tiraban de todas las maneras.
En tanto Julio César solo pudo
masturbarse en el baño, por cornudo.
Sócrates predicaba el onanismo
con la frase: “Conócete a ti mismo”.
Sin embargo, el singular Platón
a Sócrates llamaba de guevón.
San Francisco de Asís, varón tan sano,
al “pájaro” llamaba fiel hermano,
San Luis Gonzaga desde pequeñuelo
mostraba ya inclinaciones de pajuelo.
Aquello de meterlo por delante
lo inventó Genoveva de Brabante.
Aquello de meterlo por la cola,
lo inventó san Ignacio de Loyola.
Tenía tan largo el pene Carlos Quinto
que lo llevaba como espada al cinto.
Y cuando iba a cazar a la montaña,
montaba en él su tienda de campaña.
Don Felipe Segundo, rey impuro,
introdujo en Europa el chancro duro,
pero ya desde tiempos de Hildebrando
se llevaba con lujo el chancro blando.
Y así, la Inquisición, con mano dura,
resolvió establecer la capadura
que consiste en dejar las vergas solas
sin la presencia augusta de las bolas.
César Borgia en sus locos desenfrenos
agarraba a Lucrecia por los senos,
y si ésta protestaba, con brutal cinismo,
sacaba el pene y la clavaba ahí mismo.
Carlos Marx en sus libros sostenía
que la paja es cuestión de economía,
y otros dicen que el cálido caudillo
simbolizó la verga en un martillo.
Y siempre, por político recelo,
lo llevaba parado Maquiavelo
y la orquitis que es mal tan indiscreto
lo produjo en la historia Luis Capeto.
Gargantúa tan largo lo tenía
que con la punta el sol oscurecía
y colosales eran sus tamaños
pues en su culo colgaban los armaños.
No obstante la púdica sonrisa
el pingo le gustaba a Monalisa
en tanto, la sin par María Antonieta,
prefería la lengua en la galleta.
El ilustre Jacinto Benavente
gozaba con ponérselo al sirviente
a la vez que a su mujer, Quevedo,
le sacaba la piedra con el dedo.
Federico Chopin, con útil fin,
se acabó por el abuso del tomín.
Se cuenta también que el conde Ciano
le tiraba a su suegro por el ano.
Al tan famoso conde Galatea
le prendieron la horrible gonorrea
y al sentirse con mal tan puerco sucio
sacó la espada y se cortó el prepucio.
[Francia]
En Francia con pasión y con denuedo
las bellas damas se metían el dedo,
y esto determinó que en los salones
empezaran a usarse los condones.
Y que el pene se untara con saliva
como única medida preventiva
que aparece más tarde reemplazada
por pura vaselina boricada.
Entre las cortesanas fue Friné
la primera en gustarle la miné
porque un amante que su gloria mengua
era de la “academia de la Lengua”.
[Usos]
En épocas de bárbaras naciones
se usaban hasta el suelo los cojones.
En cambio, en la edad de las cavernas
los cojones llevábanse a las piernas.
Los visigodos, pueblo muy sencillo,
los usaban tan solo hasta el tobillo
y los fenicios, pueblo navegante,
inventaron la verga circulante.
Los troyanos, pueblo muy guerrero,
llevaban el escroto de sombrero,
y los caldeos, por demás soldados,
implantaron las turmas a los lados.
Los egipcios, con mucho disimulo,
las llevaban tenidas en el culo,
mas los judíos, con valor notorio,
lograron implantar el suspensorio.
[Indias Occidentales]
El altivo señor Quemuenchatocha
agarraba a las indias por la chocha
y dispuso el cacique con acierto
seguir tirando hasta después de muerto.
Se cuenta que el cacique Nemequene
azotaba a las indias con el pene.
Y también Belalcázar y Quezada
clavaban a las indias en manada.
Refieren que el ilustre Sabio Caldas
flora encontró bajo las faldas.
Vino luego el gusto del trasero
con el Virrey Antonio Caballero.
Simón Bolívar, genio consagrado,
fundó la orden de “El Cojón Rayado”.
Y sin descanso ejecutó Nariño
los “Derechos del Hombre” desde niño.
Más tarde triunfó la berraquera
con el uso que al pingo dio Mosquera
quien confiscó a los padres jesuitas
doscientas veintitrés casas de citas.
Así explicase con rudo castellano
todo el origen del linaje humano,
lo que quiere decir sin más disputas
que en el mundo hay muchos hijueputas.

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Mincho, un cuento de Rigal

RiGal nacio en la ciudad de Ahuachapan, a principios de la decada de los sesentas. A finales de los setentas se mudó a California, donde estudio Comunicaciones y Arte Gráfica. En su tiempo libre disfruta leer y escribir cuentos relacionados con la cultura cuzcatleca. Actualmente vive y trabaja en el área de la Bahia de San Francisco fundador del grupo de Amigos Guanacos y activo en obras sociales de la comunidad Salvadoreña.


“Gracias a mi padre y a mi madre por haberme brindado de su amor y de su sabiduria”.

“MINCHO”

En el viejo barrio donde vivía, muy cerca del mercado, se
paseaba un cipote, a quien todos conocian por “Mincho”, tenia talvéz unos diez años y estaba en tercer grado. Mincho era hijo de la niña Chana, la que vendía repostería de un canasto en la entrada aquel viejo mercado.

A su corta edad Mincho era muy fuerte, pues se ganaba sus centavos acarreando bultos a la terminal, su cuerpo mas bien parecia el de un adulto gracias a su definicion muscular. En el turno de la tarde de la escuela “Alfredo Espino” lo veía, en la hora del recreo, siempre coscorroneando a algún cipote, o jugando lleva. Los profesores lo despreciaban porque era muy malcriado y muy “salído”, aparte que debido a su pobreza, siempre andaba con vestimenta vieja y desteñida.

-“No te metas con ese Mincho…” secreteaban los cipotes bien peinados.

-“Benjamín Cabrera”

-“Aqui presente ‘ticher’ para servirle a ‘usté’ y a toda su familia” – respondía en tono de burla y con una sonrisa torcida en la boca. El profesor, miraba sobre sus bifocales con una mirada de fastidio y un tanto amenazante al pobre muchachito, agregando una cruicita mas a su lista, quien tenía mas rayitas que crucitas en su linea.

Don Jorge, el director, fruncía la cara al verlo correr por el angosto patio de aquella vieja escuela, y amenudo, lo mirábamos pasar con la correa en una mano y la oreja de Mincho en la otra a medio patio.

El pobre Mincho nunca estrenaba, ni siquiera en Viernes santo, siempre con sus pantaloncillos que una vez fueron de color kaki, los de trabajo, los de paseo, los de la escuela, los de dormir, en su quinto remiendo. Sus zapatos “destrompádos” y su camisa de nylon con solo dos de seis botones de diferentes colores. Su cabello puerco espín y siempre “chapudo” de tanto “relinchar”.

El mejor en las burucas, el primero en las tushquedas, el ganador del “palo encebado” y gran campeón de pizpirigaña, así de “sencillito” era el tal “Minchito”, como le gritaba su mama todas las tardes al cerrar su “puestecito”.

Las niñas se cruzaban la acera al verlo venir porque era bueno para levantar naguas y salir corriendo, las vecinas del mercado miraban de reojo al acercarse a sus ventas porque Mincho era tremendo.

Un día venia contando las tarjetas (figuras) de mi álbum del mundial, manía comun de contar las tarjetas y apartar las repetidas una y otra vez, admirando las “escasas”… cuando al dar la vuelta de la esquina, levanté la vista y me topé con Mincho y
la niña Chana, quien dulcemente me dijo,

-“va arriado niño Rico…ya por poco y me trinca”,
el Mincho entre dientes me dijo,
-“chele macaca culo con caca regalame una figura, que solo me hacen falta quince y yo se que vos tenes bastantes”

Dócil, como una res al matadero le di todas mis tarjetas a que el escogiera. Me respondio de la siguiente forma:

-“ poota jerote ya todas estas ya las tengo…” – no había terminado y la niña Chana ya le había peinado el pelo al revés de un tremendo coshco, diciéndole,

-“bicho no seya malcriado con el niño Rico, que no ve que le esta regalando las Figuras”…
-“Ay mama…si yo con este así me llevo..”. Para mi sorpresa.

Y de quince que decia que le faltaban se quedo con la mitad de mis tarjetas, las mejores, las “escasas”, pero tal acción me ganó un amigo de por vida. El escuchar chele macaca culo con caca, de la boca de Mincho era un elogio. Pues generalmente, a los niños bien portados se los sonaba, quizas en forma de expresar su resentimiento social.

La palabra ‘cerote’ estaba a flor de piel en su vocabulario, asi es que un día al llegar a casa le pregunte a mi mamá que era “cerote”, a lo que mi mama me dijo, que era una candela de cera, pero que era malo decirlo.

Apagame el cerote, María
Apagame el cerote, María…”

Pasaron los veranos y Mincho todavía en sexto grado, yo en octavo,con mi uniforme de plan básico, mientras que “Mincho-rriado” como le decían los majes de la esquina con su eterno uniforme escolar de la Alfredo Espino. solo que ya mas “pulidito” porque ya Minchorriado andaba entrando en malicia y por lo menos se peinaba.

En esos días se oyeron rumores que la niña Chana, quien me di cuenta que en realidad era su abuelita, cayo enferma ya de curcuchita y anciana que estaba.

Los doctores del hospital general no le “hallaron” lo que tenia, y en cuestión de semanas se murió, por falta de recursos y tratamiento. Al fin y al cabo, ¿quien extrañaria a aquella pobre anciana? Segun los doctorcitos haciendo su año social en aquel hospital general.

El pobre Mincho, a quien nunca se le había visto llorar, se aferraba de aquel humilde ataúd, que le habían donado las vecinas del mercado y a gritos decía NO TE VAYAS MAMACITA…Desde ese día, aquel mono ya no fué igual, porque la niña Chana era su todo. Decían otros bichos que lo vieron salir de la zapatería del Chente Cuzuco con un bote de lleno de pega…En tono malicioso. Curiosamente, era para arreglas sus “destrompados” “burros” que le habia regalado su
mama Chana para el día de su santo.

El padre Chicho, conmovido, se movilizo para que lo aceptaran en el hospicio, sin aliento ni lucha, Minchorriado accedió internarse, desanimado de la vida…ya ni en las
“ruedas” de la feria se le veía como todos los años, cuando aprovechaba a ganarse sus pesitos. O cuando menos se hacia chero de los trabajadores para ‘treparse” de “choto” a los juegos mecáanicos”.

Por aquel tiempo, llegó el circo de chocolate al pueblo, y con el por quince días, todas las distracciones tradicionales, propias del circo guanaco,.

-“..allá conocí a una vieja…que le gustaba el ‘joydoy’..”…cantaba el payaso Rabanito…

Mincho quien era eterno imitador y se sabia todas las
jayanadas de los payasos de memoria, ya no se miraba por las
calles..

En esa misma época recibí anuncio de mi partida al exterior, y sabiendo que me íba “del todo”, pensé buscar a Minchorriado para dejarle mis “Converse all-stars” y mis “levis”, pero el Padre Chicho no me dio razón y dijo que se había salido del hospicio, hacía ya un par de meses, agrego, que lo mas probable era que se haya ido con los de la feria para terminar en “huele-pega”. Mi corazón se sintió pesado, porque a pesar que nunca fuimos “cherada” eramos contemporaneos del mismo barrio. Pense, “asi es el destino” despues de escuchar la corazonada del padrecito.

Fui a la embajada en San Salvador, a tramitar el papeleo migratorio. Estando en la colonia Zacamil, en casa de un parientes, se escuchaba la bulla de un circo y algunos primos me invitaron para ir a verlo. A media función, el anunciante
del circo gritaba en voz alta:

-“Y ahora, directamente desde la ciudad de Mexicooooooooo…. BENJIIIIIIIIIIIIIIIII….” 

–Despues de tal anuncio, veo salir nadie mas y nadie menos que al tal í Mincho ! hecho un “pedo” detrás de las lonas corriendo a encender un circulo con fuego, y cuchillos apuntando hacia el centro, para luego saltar de un pequeño trampolín y cruzar el pequeño espacio como un torpedo…, en un acto atrevido y de excelente habilidad. Tras los aplausos tomo todos los cuchillos en su mano y tiro besos en señal de agradecimientos al publico, como todo un tremendo actor. (Aun me preguntaba porque decian que era de Méjico)

Tras todos los aplausos de admiración, y concluido su acto, el anunciante lo despedia diciendo:

“Un aplausooooo…para BeeNNNnnYYYiiii

Corriendo al rededor de la pista, saludando paso cerca la banca donde estabamos sentados mis primos y yo, diciendo entre dientes:

-“Chele macaca…..”

Y colorín colorado

 

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Tres cuentos de tío coyote y tío conejo. Cuentos populares mesoamericanos

Este era una vez una viejita que tenía una sandilla. “Sandillas” grandes de tierra negra. Un día por ahí, se vieron Tío Coyote y Tío Conejo, y como estaba madurando el sandillal, se concertaron para merendárselo. Tío Conejo cuidaba un rato y Tío Conejo comía, y así, al revés. Pero la viejita que estaba encariñada con su campito de frutas todos los días renegaba: “¡Bandidos, ladrones, me las van a pagar!”

El domingo, la viejita al salir de misa se fue donde el señor Obispo y le dijo:

— ¡Señor Obispo, le voy a mandar de regalo una gran sandillota; la más rica!

Y el señor Obispo la bendijo.

Pero Tío Conejo estaba en el patio robándose unas lechugas y oyó a la viejita y ay nomás salió en carrera donde Tío Coyote:

— Tío Coyote, vamos a hacerle una buena pasada a esta vieja renegona.

Y se fueron hablando.

A poquito llegó la viejita y ellos se escondieron detrás de unas matas. Y la viejita fue tanteando todas las sandillas, una por una:

— ¡Esta es la más hermosa! La voy a cuidar para el señor Obispo y pa que estos bandidos ladrones de fruta no la vean, la voy a poner bajo estas hojitas de plátano.

Tío Coyote y Tío Conejo se estaban riendo y se volvían a ver. Y cuando se fue la viejita se fijaron dónde estaba la sandía y diario la iban a ver y la tanteaban.

Bueno, pues; pasaron sus días y ya estaba bien madura la sandía. ¡Grande y hermosa, bien aseada!

Y entonces Tío Conejo le abrió un hoyito y con la pata le fueron sacando y se fueron comiendo todo el corazón hasta que la dejaron vacía como calabazo. Y después se cagaron los dos dentro de la sandía y la volvieron a tapar dejándola a como estaba, bien disimulada.

Al día siguiente llegó la viejita:

— ¡Qué buena sandilla! ¡Qué buen regalo para el señor Obispo!

Y fue a traer su rebozo y corló la sandía y se fue ligerita donde el señor Obispo.

— ¡Aquí le traigo este regalito, mi padrecito!

— ¡Muchas gracias, mijita, Dios te lo pague!

Y cuando llegó la hora del almuerzo el señor Obispo le dijo al Sacristán:

— Andá traeme un cuchillo grande bien filoso, pues yo mismo quiero partir esta sandilla tan hermosa.

Y ya se puso a partirla. Y pega el brinco. ¡Qué susto! ¡Estaba repleta de caca!

— ¡Buff!, dijo el Obispo, y la aventó de un lado. ¡Esta vieja puerca ahora verá!

Y mandó al sacristán que se la fuera a llamar.

La viejita llegó muy alegre, corriendo. “Esto es que el señor Obispo me quiere agradecer con algún regalo”, pensaba. Pero llegando, el señor Obispo estaba furioso y le dio una gran regañada y le enseño la caca de la sandilla y le dijo que se iba a ir al infierno por irrespetuosa.

Y se volvió triste. Y le iba echando maldiciones al que le hubiese hecho la trastada.

— Me las paga el que sea, dijo. Y puso a la entrada de la huerta un muñeco de breya (brea).

El tío Conejo, que es jactanciosoo, llegó ese día al frutal y vio el muñeco que le cortaba el paso:

— ¿Ideay, hombré? ¡Quitate de ahí o te quito!

Como el muñeco se quedó callado ay nomás le dio un trompón y se quedó pegada la mano en la breya.

— ¡Soltame o te pego!, le dijo Tío Conejo.

Y como el muñeco se quedó callado, le deja ir otro trompón y se pega de las dos manos.

— ¡Si no me soltás te pateo!

Y le da una patada y se pega de las dos patas.

Ya arrecho Tío Conejo porque estaba forcejeando para soltarse, dice otra vez:

— Si no me soltás, bandido, te pego un panzazo.

¡Y ónde le iba a responder el muñeco! Entonces— ¡Pas!— le da con la barriga y se pega todito.

En eso llega la vieja.

— ¡Ajá! ¡Conque vos sos, conejo bandido, el que me has hecho tantas carajadas! ¡Vas a ver!

Y cogió una red y lo encerró. Y Tío Conejo veía que la vieja prendía las brasas de la cocina y ponía a calentar el asador al fuego.

Cuando en eso pasó por allí Tío Coyote. Entonces Tío Conejo apenas lo vio, le dijo:

¡Adiós, Tío Coyote! ¡Venga para acá!

Tío Coyote se le arrimó.

— ¿Qué estás haciendo encerrado ahí?

— Pues estoy esperando una gallina que me están cocinando. ¿No quiere acompañarme?

— Bueno, Tío Conejo.

— Entre por aquí entonces, Tío Coyote, le dijo Tío Conejo.

Y Tío Coyote por de fuera abrió la red y en lo que se iba metiendo, el Conejo salió en carrera. Ya estaba llegando la vieja cuando éso. Y traía un gran asador bien caliente, rojo.

— ¡Ahora verá ese cagón si no me las paga todas!

— Conque tenés tus mañas. ¡Velo al bandido!, ¡ya se hizo coyote! ¡Pero a mí nadie me engaña!

Y le mete el asador entre el culo. ¡Nunca había brincado tanto Tío Coyote! Y sale disparado pegando gritos y dándose contra los palos. Y ahí bajo de una mata estaba viendo todo Tío Conejo, y cuando pasó chiflado Tío Coyote, Tío Conejo, muerto de risa, le gritaba:

¡Adiós Tío Coyote, culo quemado! ¡Adiós tío Coyote, culo quemado!

 

II

A pues otra vez, se encontraron Tío Coyote y Tío Conejo a la orilla de un zapotal.

— Vamos a comer zapotes, Tío Coyote, le dijo Tío Conejo.

Pero Tío Coyote ya andaba angustiado. Tenía hambre. Pero maliciaba del Tío Conejo.

— ¡Vamos, hombre! ¡Hay que ser resuelto, están toditos maduros y vea qué ricos!

— ¡Vamos, pues!, le dijo al fin Tío Coyote.

— Entonces, como usté no puede subirse a los palos, se queda abajo, y yo me subo arriba y se los voy aventando.

Y así fue: Tío Conejo ligerito se encaramó a un zapote bien cargado. Allí cortó los más maduros y se los comió.

— Ahora le toca, Tío Coyote. ¡Abra la boca que ahí le va uno bien maduro!

Y en diciendo eso cortó un zapote celeque, bien duro de tan verde y se lo voló. El Tío Coyote, creído, abrió la bocota esperándolo suave y madurito. Y ¡país! Le cayó pesado y le quebró toditos los dientes.

¡Qué carrera otra vez la del Tío Coyote, con todo el hocico golpeado y sin dientes! Y Tío Conejo, muerto de risa, le gritaba desde arriba del palo:

— ¡Adiós Tío Coyote, dientes quebrados, culo quemado!

 

III

Allá, al tiempo se volvieron a encontrar en un camino Tío Coyote y Tío Conejo. Se traían hambre y mucha sed. Y ya era bien noche y estaba llenando la Luna.

Como al rato se toparon con una poza. El agua estaba muy sincera y delgada y reflejaba la Luna. Y ay nomás bebieron.

¡Truclús!, ¡truclús!, ¡truclús!…

En eso le dice tío Conejo:

— ¿Tío Coyote, quiere que comamos queso?

— Pues, claro, le dijo Tío Coyote.

— Aytá en el fondo el queso, ¿que no lo ve? Y le enseñó la luna bajo el agua.

— Ujú. Y es grande, le contestó Tío Coyote.

— Pues bebamos el agua entre los dos hasta que sequemos la poza.

— Y ya se ponen a beber. Pero el bandido del Tío Conejo hacía como que bebía y no tragaba.

— No baja la poza, Tío Conejo, dijo al rato Tío Coyote.

— ¡Jesús, Tío Coyote! Para comer hay que trabajar.

Y siguieron bebiendo. Y el Tío Coyote tragaba mientras que Tío Conejo sólo arrimaba la trompa al agua, de puro bandido.

Ya al rato Tío Coyote estaba panzón y le dijo al Tío Conejo:

— ¡Ya no aguanto!

— ¡No sea inútil, Tío Coyote! ¡Véame a mí qué serenito estoy!

— Sí, Tío Conejo, pero es que siento que me está saliendo el agua por el culo.

— No tenga cuidado. Eso se remedia muy fácilmente…

Y en un milpal seco que estaba al lado, recogió un olote y se lo zampó en el culo.

Y siguieron bebiendo… pero el zángano del Tío Conejo nada que bebía. Y el pobre Tío Coyote, tru-cús, tru-cús, ya casi se desmayaba.

— Oiga, Tío Conejo. Francamente ya no aguanto. Siento que se me sale el agua por las orejas.

Corrió el Tío Conejo a una colmena que se tenía cerca y le tapió con cera los oídos. Y el bandido hizo como que seguía bebiendo.

Y el Tío Coyote por no darse por vencido siguió bebiendo y bebiendo.

Y de repente —¡ploff!— se reventó. Y cayó muerto.

¡Pobre Coyote!

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Al final del parque. Un cuento de juliomartinez

Se miraban a los ojos de manera detenida, como buscando en las pupilas una respuesta a la pregunta consabida de los enamorados y que generalmente tiene una contra pregunta: ¿y usté?

La corta vida les había juntado y así pasaron de ser amiguitos en la escuela parvularia, a ser compañeritos en la escuelita del barrio, y luego a buscarse las manos para tomarselas con cierto temblor una vez entraron al bachillerato, a escondidas de todos pués.

Sus padres los miraban y pensaban que eran solo amigos, y que tenían una amistad entrañable.

– Mire Fermín, que alegre la amistad de los bichos, solo juntos andan

–  Sí, Rafa, es que desde pequeños andan juntos, ¿como no se van a querer?

Lo que los padres no sabían era que la amistad pasó a ser cariño. El cariño pasó a ser afecto. Y el afecto les llevó a descubrirse mutuamente en el amor. Así, en medio de los arbustos del parque Cuscatlán, se comentaban sus cosas, siempre juntitos, como si tuviesen temor de que el viento los separase.

– ¿Que pensarán tus papás Beto?

– Nada, ¿Y que van a pensar si nunca les hemos dado motivos? Te ha dicho algo a vos Don Rafael?

– No, y supongo que a vos tampoco ni tu mamá y ni tu papá.

– No, tampoco.

Y como sin querer queriendo se sentaron en una banca al final del parque en lo más oscuro de aquella tarde. Beto, atrevido, le preguntó: ¿Me das un beso Carlos?

Y Carlos se lo dió. Se tomaron de la mano y sonrieron.

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Nos va quedando bien (muy a propósito) Un cuento de juliomartínez

El cuarto estaba mas o menos iluminado, y las dos personas se movían lentamente en torno a una tercera, si se pudiera decir así.

Mientras uno de ellos le tomaba la mano a la mujer que estaba acostada, el otro le peinaba. No había nadie más en el cuarto, solo ellos tres. Los dos estilistas conocían su oficio. Ningún cliente les había reclamado antes por su trabajo.

– Mira estas uñas, se las he limpiado bien, se ven muy bonitas.

– Tiene dedos largos y elegantes.

– Ese anillo se ve precioso.

– Si ¿verdad?, dijo el otro, es cierto.

La mujer no dijo nada y siguió con su pose de seriedad, dejándose hacer.

– Te corresponde maquillarle,  no la dejes tan evidente, que sea un maquillaje decente.

– ¿Piensas tu que este color suave le quedará bien?

– Sí, jajaja!! el color es lo de menos, ¿o no señora?

– Siempre es bueno pensar en el color, al final de cuentas, esta noche ella se estará mostrando a sus amigos, debe verse bien.

Inició la limpieza del rostro, y luego con mucha delicadeza, con una delicadeza tal que la doña no debe haberle sentido, le puso la base y el make up, le pintó los ojos, y la verdad sea dicha, se miraba linda.

Trajo un espejo y se lo puso de frente, casi bromeando.

– !Se mira como una princesa!! ¿No cree usted? Dímelo tú…¿Que piensas? ¿Sí o no?

La señora mantuvo su seriedad, ni una leve sonrisa, o quizá sí, pero muy en su interior, tal vez, quien sabe.

– Sí, nos va quedando bien la muertita.

– Claro que nos va quedando bien, pero no será la envidia de nadie, jaja!! jajajaja!!!

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