Una tarde de música, un cuento de juliomartinez

La Sylvita pidió permiso para ir al parque a escuchar a la banda, que cada viernes y día festivo se instalaba en el parque, frente a la Iglesia Catedral de San Salvador, así pues, aprovecharía para mirar a Robertío, el hijo de los Magaña, que vivía a la vuelta de la Iglesia de San José, cerca del Externado.

Su madre, la Teresa le dijo que estaba bien, pero que le preguntara a Octavio, quien estaba leyendo el periódico sentado en una silla frente al parque. El, que escuchó todo, le gritó desde el patio de las Rivera “que vaya y que regrese antes de que se ponga oscurooo!!”

La Sylvita pasó a traer a Amalia, su prima, y se fueron caminando hasta el parque que estaba en el centro de la esplendorosa ciudad. Apenas daban las cuatro y media de la tarde, y las carretas seguían halando los vagones que venían de Paleca cuando Amalia y Sylvia caminaron y pasaron por la casa de los Arbizú y decidieron seguir para quedarse un rato en la Farmacia y comprar un refresco, de esos de colores que eran la novedad en el expendio del Dr Félix.

Se fueron despacio, mientras miraban pasar los vagones halados por los burros, que seguían hasta el teatro Nacional, subían y pasaban por el portal de Hierro, haciendo una U para regresar atrás del palacio.

– Ay, Sylvita, creo que me estoy enamorando!

– A bueee… y quien será el dichoso de tu ternura?

– Es que fijese que él no sabe todavía y como es un poco tímido, no se si acercarme para ver si se atreve y me declara su amor

– ¿Será Sebastián?, ¿Será Roberto? ¿Será Alfredito?

– Ese último…

– Ay no niña, pero si a él dicen que le gustan las botellas, ahi va mal, mejor mire para otro lado, que caballeritos, hay muchos en esta ciudad

– Sí, pero él escribe tan bonito…

– Pero fijese que dicen -bajando la voz- que no le han conocido novia todavía, no se vaya a llevar una sorpresa

. jijijii!! no sé, pero es un muchacho, ay, tan tierno!

Asi siguieron en su conversación, tan entretenidas iban que no se fijaban que los jóvenes señores y los muchachos pasaban a su lado, moviendo el sombrero en afán de hacerse notar, sin éxito.

Llegaron al parque y ya la banda estaba instalada en el centro, subida al kiosco, donde todos pudieran verla. Este era el día de los valses, y sonaba uno llamado Bajo El Almendro, de un compositor santaneco llamado David, que había logrado gran fama, y la canción que era bonita, era sonada cada viernes en la tarde musical. El Presidente también llegaba a este lugar donde se ocultaban a veces a grandes delincuentes que ni se imaginaba uno.

En eso venían tramando algo entre ellos, Fabián, Virgilio y Fermín. Amalia pasó en medio de ellos, y Sylvia, más precavida, decidió ir por un lado. La mirada de los tres ellos, era tenebrosa.

Robertío no había llegado todavía, y Amalia miró a los tres hombres que acababan de pasar cerca de ellas y comentó:

– Ustedes no han oído decir nada de las leyes que el Presidente va a ordenar hoy?

– No no, no he oído nada.

Y de repente de la nada saltó el primer machetazo, dejando un hilo de sangre. Luego los balazos y finalmente, el correrío de la gente. El Presidente apenas se movía. Era cierto, habían hecho a un lado la fiesta y habían atentado.

Las Rivera, corrieron de regreso a su casa, al Zanjón Zurita.

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