Monseñor

Pocas figuras han sido tan determinantes para su pueblo como la de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, asesinado el 24 de Marzo de 1980, en la capilla del Hospital de Cancerosos Divina Providencia. Lugar donde además vivía.

Fundamentalmente religioso, nada involucrado en política, simpatizante del Opus Dei, era un candidato plausible para convertirse en el sucesor de Monseñor Luis Chavez. También esas cualidades le merecían la desconfianza de la izquierda. La realidad del pueblo parece haberlo hecho una transformación desde su corazón de cristiano. Pero hubo un hecho que cambio la vida de este hombre y que nos dio a todos un santo: la muerte del Padre Rutilo Grande, sacerdote en El Paisnal, fue la puerta de la conversión de Monseñor.

La miseria y el dolor de su pueblo, se fue denunciando cada vez con mas fuerza, los desmanes de los poderosos y la injusticia cotidiana y descarada le transformó y le convirtió en nuestro santo.

El asesinato del Padre Rutilio, junto a un niño y un anciano, cometido por la conocida y temida “benemérita” movió la raíz del pensamiento y sentimientos de Monseñor, de tal forma que lo hizo la palabra del pueblo. La palabra de denuncia, y de anuncio profético. El 23 de marzo, en su homilía en catedral, escuchada por la inmensa mayoría de los salvadoreños, excepto los que no tenían radio, hizo una petición al ejercito:

“….Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del ejercito y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policia, de los cuarteles: hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que da un hombre debe prevalecer la ley de Dios que dice “No matar”. Ningun soldado esta; obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominacion. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día mas tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios; Cese la represión……

Al día siguiente, durante una misa oficiada por la memoria de la madre de Jorgito Pinto, director del periódico La Tribuna, en la Capilla del Hospitalito de la Divina Providencia, el asesino, enviado por el Capitán Saravia, pagadopor el creador del partido de la derecha y participando con prominentes figuras poderosas del país , hizo su disparo letal en el momento justo en el que Monseñor levantaba el cáliz para la conversión del vino y el pan en el cuerpo y la sangre de Cristo, justo antes de ese milagro, la fatalidad. No hay debate sobre este asunto, las confesiones se han dado.

La profecía en la palabra de Monseñor parece haberse cumplido: …Si denuncio y condeno la injusticia es porque es mi obligación como pastor de un pueblo oprimido y humillado… “…El Evangelio me impulsa a hacerlo y en su nombre estoy dispuesto a ir a los tribunales, a la cárcel y a la muerte…”

En el entierro de Monseñor más de 50,000 personas nos agrupamos como pudimos frente a Catedral. La gente ya no cabía en la calle, la iglesia era un torbellino incontable, niños, hombres, mujeres, ancianos, todos, todos estábamos ahí. Hasta los guardias sobre el Palacio y el antiguo banco Hipotecario, hoy Biblioteca Nacional. Ellos iniciaron los disparos hacia la gente después que alguien puso bombas explosivas cerca de catedral. Les dio temor ver al pueblo agrupado frente a su mártir a quien habían inmortalizado con su asesinato.

Más de cuarenta personas murieron aplastadas o por los disparos en ese caos originado por la guardia.

La figura de Monseñor convoca y ofrece aliento. También para otros es un símbolo que atemoriza. Jesús sufrió lo mismo, era amado por su pueblo y odiado por quienes desde su imagen de sacerdotes y poderosos se enfrentaban con una palabra viva, cierta, alentadora y convocadora.

Este Santo, San Romero de América, no requiere permiso para ser nombrado y respetado como tal. Es una de las grandes figuras de la historia de El Salvador, quizá el salvadoreño mas conocido alrededor del mundo, probablemente el más amado por este pueblo, seguro el mas real y el más cercano a la gente. Explícitamente el más fiel, el mas entregado y el menos desinteresado.

Sus seguidores iniciaron un proceso de beatificación, previo al de santificación el cual fue detenido por el Vaticano durante algunos años pero el año pasado, se reinició el proceso, al demostrarse que toda su obra tenía una base estrictamente religiosa, tendremos Santo, “San Romero de América”.

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