Archivo mensual: agosto 2011

Juan y Clemencia, Tiempos de reforma. Un cuento de juliomartinez

Por Julio Martínez

La ciudad estaba inquieta y sin embargo, los movimientos de las personas eran sumamente calculados. A pesar del nerviosismo, todo mundo aparentaba o deseaba aparentar que no pasaba nada, que los apagones eran cosa de simples fallas eléctricas y que las sirenas en la nocturnidad, tal vez obedecían a un vehículo del hospital del seguro social que trasladaba a alguna persona enferma, y nada más natural. Nadie deseaba que las sirenas fueran causadas por una emergencia nacional o por una situación de militares.

Era el día 16 de ese décimo mes, y durante varios días antes, los mensajes y los signos al interior del ejército habían sido como gritos en el silencio, todo mundo les escuchaba, pero nadie quería oírlos.

De hecho, uno de los miembros del grupo más poderoso dijo “Parece que no tenemos suficiente con los terengos, que ahora vienen desde dentro de nosotros mismos, estos impertinentes a querer cambiar nuestra propia estructura, como si fuera necesario, y todo por quedar bien con los gringos, que piensan que hay que quitar a Beto de la presidencia y dejar a alguien más joven, que tenga más pegue en la población, como si eso fuera necesario. Lo importante es mostrar lo que tenemos: los huevos bien puestos y las armas en la mano”.

No todos pensaban así.

Esa mañana, el ejército había amanecido siendo conducido por dos más o menos jóvenes militares que habían logrado crear una alianza muy fuerte entre oficiales de su misma promoción.

La prensa de los Estados Unidos había llegado para difundir lo que había sucedido en el pequeño país de la América Central, al sur de los Estados Unidos; el grupo de militares había considerado efectuar un giro en la forma (la forma) de ejercer el poder, sin cambiar esencialmente la estructura de la sociedad.

Unos civiles que pudieran involucrarse y la apariencia de un gobierno democrático serían, según ellos, impecables. De todos modos, en las repúblicas bananeras, los golpes de estado eran el estado natural.

El Salvador era un tigre rayado, y esto solo era una raya más para el tigre. Lo mejor era sumar, junto a los militares, a un académico, un rector, un ingeniero, un político y ya estaba. La fuerza y el conocimiento. Un nombre elegante y que pudiese sonar acorde a lo que se expresaba desde otro grupo que igualmente hablaba de las necesidades del cambio. ¿Por qué no llamarla “junta revolucionaria”? No sería la primera, quizá tampoco la última, así que una más en la historia de la república.

Una semana antes Juan le había dicho a Clemencia “no me verás algunos días, este país me necesita”, Ella era su amante de turno, una mujer muy joven y blanca proveniente de Ahuachapán con la que había logrado establecer una relación de varios años, con niño incluido, al que le había puesto el nombre mismo del papá: Juan, Juanito. Su esposa sabía todo eso, pero siempre decía “es que los militares son así, no hay nada de extraño, ya se le va a pasar, esa mujer es su juguete”.

Esos días de los que hablaba Juan, eran los necesarios para que se pudiera organizar bien el golpe de Estado. Ese día 16, los canales de televisión informaron del golpe, y ahí estábamos todos en la colonia, mirando las noticias. Lo dije como asustado: “Ese es el militar que viene donde la Clemencia!”. Cállese, me dijo mi abuela, no sea metiche. Ella, mi abuela era también de Ahuachapán, y conocía a la familia de la dichosa vecina nuestra, a la que yo miraba siempre y a veces admiraba.

Clemencia también estaba en su casa viendo la tele, más curiosa que todos. A partir de ese momento ella se convertía en la “amante del hombre”. Y nosotros, en los amigos de la amante del hombre. Ella no cabía de felicidad, era todo sonrisas, toda alegría.

Cuatro noches después vimos entrar al pasaje, un primer auto, tres hombres; un segundo auto, cuatro hombres, y luego, dos minutos después, un tercer auto. Ahí venía “el hombre”.

Bajó suavemente, abrió la puerta de la camioneta doble tracción, grande y oscura, con vidrios oscuros, aparecieron sus zapatos café brillosos y su traje beige, elegante. Miró hacia arribadel pasaje y luego, hacia abajo. Cuando me miró de frente con sus ojos café, yo llevaba ya dos minutos observándole “Ah, este es el milico que apareció en la tele, no me equivocaba, yo sabía que era este”. Me levantó la mano derecha, digamos que saludándome; yo levanté la izquierda, digamos que era un simbolismo.

Los que iban con él, me miraron como sorprendidos. Clemencia salió de su casa para recibirlo con un grande y enorme beso estampado en la boca, él buscó de entrar rápidamente a la casa. Esa era la primera vez que andaba con guardaespaldas, y era la última vez que llegaría solo.

Ella se abrazó a él, mientras él se quitaba su gorra de militar con el escudito en medio.

– ¿Cómo has estado? Juanitote ha estado extrañando.

– Bien, como sabes, ocupado. Tenemos un gran paquete encima y debemos resolverlo, los días que vienen van a ser… Cabezón!! Te he despertado, mi nene!! El chico se había levantado y estaba, como debe ser, saludando a su padre, a quien llevaba una semana de no mirar.

– Sentate en tu sillón, ya he calentado el agua, como siempre, para hacerte un masaje en los pies.

– Gracias Clemen, nadie como tú para hacerme sentir bien. Pedro! Pedro!

– Dígame Coronel

– Decile al Teniente que trate de no ser tan evidente. Que pongan un carro en la esquina y el otro en frente, que no parezca que estoy acá, este es un vecindario de gente tranquila. Nada va a pasar. De todos modos, el patrulla debe revisar cada vehículo sospechoso en la bajada de la Calle Méjico.

– Si mi Coronel.

El movimiento comenzó a desarrollarse con sutileza, ninguno de los guardaespaldas mostraba su arma, y el Coronel, tenía una mirada más bien tranquila.

Clemencia sacó el agua caliente de la olla, le puso unas gotas de un botecito rosado, con olor a rosas, sacó unas toallas y se sentó a los pies del Coronel. Desamarró un zapato y luego, tarareando una canción de José José, le quitó el otro.

Juan pensó que si en su casa le dieran tal tratamiento, él no estaría con Clemencia; ella pensó que faltaba poco para que Juan tomara la decisión de vivir con ella y casarse. Juanito se preguntaba por qué su padre era tan ceremonioso y usaba pistola. La esposa de él creía que teniendo esa amante se había vuelto más condescendiente, menos austero, poco molesto y exigente, aunque eso sí, más distante. Eso no resultaba tan importante para vivir. Yo, pensaba que Juan tenía suerte.

Ella lavó sus pies, los secó dedo por dedo, destapó un bote de talcos, los espolvoreó en los pies y le dijo: “vaya niño, ¿cómo se siente?”

– Estando contigo, chelita, todo es bonito.

– María, llévate al niño, que se duerma. ¿Me vas a contar?

– Sí, pero corto, hay cosas que no se deben saber.

– ¿Cómo cuáles?

– Como que al Coronel lo tuvimos que convencer que él no podía seguir formando parte del gobierno, me replicó que a quien le iba a resultar más difícil era a su esposa, acostumbrada a la buena vida. Que él es capaz de sacrificarse por la patria y que se conforma con una Embajada en Europa, que no lo denigren sus hermanos de armas.

Al final aceptó siempre que nos comprometiéramos a que el proyecto, siguiera siendo un movimiento estratégico, pero no un paso hacia cambiar nada. La embajada ha pedido lo mismo. La idea es quitarle las banderas a los guerrinches. No te cuento más.

– Si, algo así pensaba

– ¿De veras? Se ha vuelto pensante mi niña.

– ¿Qué crees? Tonta no soy

– No he dicho eso…

– Venite a la cama…

Caminaron de la mano en la casa, desde la sala hasta el cuarto adornado con lámparas, y muebles comprados en la cooperativa, a nombre del Coronel.

Ella, cerrando los ojos verdes, se quitó el gancho que llevaba en el cabello que se soltó des-ensortijándose sobre sus hombros, Juan se quedó quieto como hipnotizado, esperando el paso siguiente de ella, que no esperó tanto para desabotonar su bata y dejar al aire de la noche, y en la media luz de su cuarto, su piel pálida, sus carnes duras, y su deseo al hombre que pagaba la casa, la doméstica, los zapatos y los todos de Clemencia y Juanito, el niño que paseaba por las tardes en un cochecito azul guiado por Clemencia, que era la delicia de todos los adolescentes y los casados de la colonia, y la envidia de las mamás y las esposas.

Juan se dejó llevar, las manos de Clemencia tomaron con suavidad la varonilidad del militar, quien por una vez más sentía que esas manos eran esponjas que suavemente lo frotaban. Ella abrió sus piernas y dejó que los malos pensamientos sucumbieran al deseo.

Ambos se acostaron, y él le decía que era una mujer bella; ella respondía que se ponía bonita solo para él, y cosas así.

La noche les hizo el favor de que al apagar la luz, todo quedara oscuro, apenas alumbrado por el débil foco de la media cuadra, que en complicidad con la pareja, dejaba caer tenuamente sus rayos, apenas atravesando la cortina.

La madrugada les sorprendió abrazados el uno al otro, desnudos y con olor a intimidad. Eso, de esa mujer que le gustaba a Juan, el Coronel.

A la mañana siguiente, Juan se encontraría con la noticia que uno de los miembros civiles de la Junta Revolucionaria de Gobierno estaba exigiendo que hubiera un plan de reconstrucción y de las transformaciones sociales y económicas del país, que el movimiento que habían realizado no fuera una “fantochada”.

Junto con él, había otro Coronel que tenía la misma exigencia. Juan le dijo a otro militar, “Si estos siguen jodiendo, traigamos al ingeniero Ugarte que está exiliado en Colombia, ese sí es líder, a ese lo quiere la gente, hasta las viejas del mercado se mueren por él, no estos guerrilleros que creen que pueden hacer una revolución como Fidel Castro, eso ya pasó. Aquí, mandamos nosotros, que no jodan. Además, Ugarte debió tener el poder desde la elección que le robaron. Hoy, no estaríamos en esto”.

Clemencia, seguía con interés las noticias y un día me dijo:

– Mirápollo, ¿y que quieren esos pues?

– ¿Cuáles?

– Esos que hablan de revolución y de los sandinistas

– Ahhh… ¿y que van a querer pues? No has oído que hablan de cambios, de justicia y de revolución.

– ¿Y no ya estuvo pues? Si ya existe una Junta Revolucionaria de Gobierno

– Te voy a explicar…

La tomé de las manos, me puse serio, me miró con sus ojos verdes y me dijo, “No mejor no, no vaya a ser que entienda bien y me arrepienta de haberte preguntado, bien dice Juan que a vos hay que mirarte detenido, que tenés no sé qué”.

Esa noche, el militar regresó,yo, igual que casi todas las noches estaba afuera de mi casa, hablando con una bicha de enfrente, el milico volvió a levantar su mano derecha para saludarme, y yo, como siempre y por molestar, lo saludé levantando la otra mano.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo cuentos propios