A fin de cuentas… Un cuento de juliomartinez

Desde que me sacaron de la casa donde vivía, creo que no me he bañado… siento las costras en mi cuello y en los pliegues de mis brazos, piernas y pies. Hace días que no me huelo el sobaco… la última vez que lo hice estaba hediondo, con una hediondez de putrefacción.

Me doy cuenta que este olor se difunde ampliamente… es que la gente se aparta de mi camino en la calle o en las aceras, es una cosa que no me gusta mucho porque pareciera que nadie quiere hacer amistad con uno y con esto de que el hombre… bueno, la mujer, una mujer, las mujeres somos seres sociales, pues es una sensación extraña, no poder hablar con nadie, ni saludar a un vecino ni comentar lo que pasa en la calle, ni nada, ni nada.

Anoche, no comí, apenas sentí que tenía un ardorcito, aquí, aquí, ahí, cabal, cabalito. Bueno, no será la primera vez, de suerte la señora que pasó me regalo 15 centavos y con eso me compré un cafecito, que ni era café, mas bien “aguécalzón”, ni modo, ¿y qué se puede esperar de quince centavitos?

Bueno, ya me voy al mercado, quiza consigo algo por ahí, el “vecino” no se ha levantado todavía, creo que el se cubrió mejor del agua anoche, se metió bien al fondo del portal del que era cine y hoy ya no.

Sentí que me manoseó, y yo pensé, “vaya!, al fin se me hizo un tetelcazo” pero quizá no pudo o tal vez, el olorcito que ando llevando no le animó mucho. Ni modo, un día de estos me hecho unas guacaladas por ahí.

Como no es quince, está medio vacío el mercurio, bueno ni modo, me voy a ir alla por las cocinas. No, aquí no hay nada y este cuilio me quiere venir a sacar, ya sacó el garrote, la vieja, mejor me voy.

Ahhh de este lado hay una pupusería, que rico huelen las pupusas, el café, el curtido, pupusas de ayote!, de camarón!! de tunquito!!que rico se ve!!

En esa mesa estan esos tres, este que está de espaldas, está descuidado… a este le voy a robar la comida, al fin de cuentas si se lo pide no me lo va a dar, y él tiene más dinero para comprarse otro desayuno. Bueno, aquí voy (en ese momento se acercó a la mesa, agarró la taza de café ante la mirada sorprendida de los comensales, se empujó media taza de café de un solo, agarró las dos pupusas que estaban en el plato de la señora, miró a todos, ninguno dijo nada, aunque sus pensamientos se cruzaron… “pobre, tiene tanta hambre que debe robar la comida de otros”, “que mujer mas abusiva!! ¿por que no pide?”, “ve, y esta vieja”)

Bueno, hecho, este café me quemó el hocico. Hasta me quema todavía. Están ricas las `pupusas. ¿Comeré mañana?

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