Remordiente, un cuento de juliomartinez

Ya llevaban una hora sentados discutiendo sobre el siguiente paso. Lo importante era como mantener el control sobre la gente, a partir de convertir el miedo en pánico, y así, lograr que nadie tuviera el coraje de siquiera voltear a mirarles. – ¿Quién no está de acuerdo con la idea? Que tenga huevos y que me lo diga. Todos se quedaron mirando unos a otros, ninguna boca se abrió para que saliera alguna palabra.

El silenció se podía escuchar como un susurro, casi como cuando el viento pasa en medio de las hojas. – Eso es, nadie se tiene que ahuevar, lo que vamos a hacer es una cosa que va a dar de que hablar durante un buen rato. Así van a aprender como funcionamos nosotros en la clica.

El Spider se levantó y le dijo al Palabrero “dame mi fierro”, éste lo volteó a ver y se levantó, camino lento y en bamboleo, se le miraban los huesos con la camisa “centro” blanca, tan sobresalientes que uno podía contar las costillas encima de la camisa, los zapatos, unos nike Cortez, ya estaban desgastados pero limpios, las calcetas blancas subían hasta la rodilla y el short negro que usaba, iba amarrado con un cincho que daba tres vueltas a la cintura.

En realidad el tipo, cuyo nombre real era Lucas (Por San Lucas, el evangelista) tenía por apodo “Tiny”, bien puesto. Abrió la cortina de uno de los cuartos, entro medio agachado y en menos de dos minutos regresó con el fierro, una Star, española, modelo P, calibre 45, una escuadra de 8 cartuchos con el de recámara.

Una cosa peor que mala, que se trababa al cuarto tiro, casi siempre. Se la puso en las manos al Spider, quien la tomó y de inmediato sintió la pesadez y la frialdad de esa pequeña máquina de matar gente, que no tenía otra intención. Sacó el cartucho y se dio cuenta que estaba cargada… la escuadra parecía una browning, de no ser por un pequeño detalle, es que estas maquinas no tenían seguro, así que era de las que no amagan.

Se saca y se dispara. Punto. Miró a los otros cuatro que ocupaban el cuarto, volvió a meter el chifle, haló hacia atrás la corredera y la retornó. Su jaina le cruzó la mente, ella y el morrito… también recordó en ese momento que la semana pasada su madrecita lo había abrazado y le había pedido que esa vida ya no era vida, que lo mejor era abandonar la clica (como si se pudiese), que no había manera de resolver eso, si no era con ayuda de Dios, que solo él podía, él y la Santísima Trinidad.

También recordó que su misión era detener el autobús que subía la cuestona del IVU, detenerlo a la mitad de la calle, bajar al motorista a quien lo esperarían abajo otro de los chavos de la mara, mientras el pedía a todos los pasajeros que se agacharan, y dispararía a los primeros cinco pasajeros en la cabeza.

El sabía que a esa hora su mama regresaba del mercado, y que siempre se sentaba adelante. Levantó la escuadra, se la puso en la sien y disparó…

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