La Sihuanaba, un cuento de juliomartinez

1980, recién estaba trabajando con un programa de alfabetización, ensucunado en una Finca llamada San Isidro, cuyos antiguos dueños eran los Regalado, y cuyo dueño más antiguo parece haber sido Feliciano Ama, a quien, dicen unas malas lenguas- engañó un expresidente de nombre Tomás Regalado, hasta quitarles las escrituras, ese es un dato a comprobar.

En esa finca, mi tarea, mi función estaba vinculada a la planificación del proceso de alfabetización en el marco de la Reforma Agraria que se decretó en marzo de 1980 y que incluía acciones de re distribucion de la tierra, organización de cooperativas -un proceso diseñado a la carrera y mal ejecutado-, y alfabetizacion.

Así que, debía trabajar en la organización, la planificación, la capacitación, la evaluación, en fin, las varias actividades del proceso alfabetizador, nuestra guía de trabajo eran los escritos de Freire.

En la finca, me habían entregado en calidad de adjudicación a un animalito, equino para mas señas, el cual se constituía en mi “movilidad”, por toda la finca de apenas siete mil manzanas, y repleta de café y caña de azucar, con cinco mil habitantes y once pequeñas fincas en agregado que consolidaban la enorme finca San isidro, en las faldas del volcán Izalco.

Con la “movilidad” que tenía por nombre “Pajarito”, por pajarero -caballo que al correr mira hacia la izquierda y la derecha, de manera secuencial-, me desplazaba por cada una de las fincas, y un día me tocó ir a Las Marías con el Jorge Vega, joven voluntario del trabajo de alfabetizacion, cada uno en su caballito. Las Marías está -estaba?- en la propia falda del Izalco, tocando el Teshcal (lava del volcán), a doce kilometros del casco de la finca, doce kilometros de pura montaña de café, doce kilometros de sombra, doce kilometros de caminos enredados.

Allá estuvimos armando material didáctico para la alfabetización, hasta que  comenzó a oscurecer, a eso de las cinco y media de la tarde. Entonces comenzamos a bajar por los caminos establecidos en la finca para poder movilizar el café de la cosecha.

No era un problema los doce kilometros, ya había aprendido a moverme y orientarme enmedio del cafetal, siguiendo el rumbo en dirección hacia el casco. Además iba acompañado de una persona del lugar.

Así que bajando, bajando, oscureciendo, oscureciendo… la luna apareció en toda su magnitud y le dije a Jorge, “ah que vergon, hay luna, así no cuesta caminar en la noche”.

En eso ibamos cuando de repente, todos los caminos del cafetal se me escondieron, repentinamente no había mas camino, solo cafetal, ni atras de donde venía, ni adelante para donde iba. Repentinamente, todo se hizo oscuro, negro más bien.

– “Puta, Jorge, no hay mas camino, no jodás”

– “ummm que raro, si el camino aquí debe ir”

Una carcajada desde atrás de nosotros sonó a estruendo. Era una carcajada de mujer. !!!Jajajajajaja!!!!Jajajajaja!!!! luego, unas palmadas como de aplauso…

“Jorge, ¿que es eso?”

“No sé”

Los caballos empezaron a temblar, sentía su temblor en mis piernas, y el sudor de ellos empezó a surgir, como si de ellos brotara agua, los relinchos no se hicieron esperar.

“Jjajajaja”” “jajajajajajaja”, “Jajajajajajajajajajaja”

“Jorge, vamonos a la mierda, nos están asustando!”

“Sí, nos están asustando, corramos”

Nada, los caballos no querían caminar, ni con las espuelas ni con el azial. Nada, nada. El temblor de los caballos era extraño, relinchaban, se paraban en dos patas, trataban de correr… mi espalda era un erizo…

De repente, el caminó apareció otra vez, la luna parecía haberse dado cuenta de que estabamos en problemas. Los caballos hecharon a correr, y no se detuvieron como por cinco kilometros que nos faltaban para llegar a la finca y su poblado.

Llegamos a dejar los caballos al establo, y el “pizarrín” nos miró extrañado, ya que había notado que entramos al poblado en una carrera, como haciendo apuestas de quien llegaba primero, lo que no sabía era que cada uno iba con su culo a dos manos.

Nos preguntó, “por qué venían corriendo, ¿les pasó algo?”

“no, nada” No queríamos que nos tomaran por locos.

Seguimos caminando sin decir ni una sola palabra. Fuí con Jorge a dejarlo a su casa, en la puerta estaba su abuelo, que nos miró, y quiza viendo la cara pálida que llevabamos, nos dijo:

“¿Que traen?”

Le contamos la historia, nos escuchó con detenimiento, y atento.  Al final nos preguntó por que lugar había sido el asunto. Le contamos, y dijo:

“esa es la calle de la Sihuanaba…” No hacía falta que lo dijera, ya lo sabíamos.

Al día siguiente, la calentura no me dejaba, y Jorge, pasó dos días con fiebre en su casa.

Juro que es cierto.

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