De infierno a infierno, un cuento de juliomartinez

Manuel cerró la puerta en la noche oscura y cálida. Inmediatamente encendió un candil y buscó su machete y lo puso debajo de la cama. Abrazó a su mujer y le dijo al oído “ya vamos a dejar esta mierda, esos hijos de puta creen que nos van a asustar”.

La Tere le miró a los ojos con la lucecita culera del candil. La muerte estaba en la pupila de Manuel, y ella no se lo quiso decir. Solo suspiró, como si fuera el último suspiro, se soltó de Meme y fué a arropar al chiquito, Eduardito. “Lalo, dormite ya mi´jo, yes noche y hay que levantarse temprano”.

Así se durmieron, La Tere, abrazada a Meme y Lalo pegado a la costilla de la Tere. Cuatro horas pasaron, antes de que el malo apareciera. Casi a las doce de la noche se oyó llegar un pickup. Meme despertó y pensó “¿Que hijueputa anda ay?”  Silencio.

Se levantó sin decir nada y se puso de tras de la puerta del cuarto allá en El Carrizal, de repente, la ventana se abrió y solo vió asomarse un palito, delgado, en dos segundos, estaba escupiendo fuego sobre la cama, parecía la noche del 31 de diciembre, como una reventazón, como una metralleta de diez dólares, como el gorgorito del diablo, como la voz del trueno, como un terremoto, como un ángel que llevaba dos vidas.

No pudo hacer ni decir nada, solo se escuchó, “Mire perro, ya luacabamos a ese hijueputa que creía que podía oponerse a nosotros, aquí nosotros mandamos, y nadie más y para que se sepa, dale fuego a esta casa pendeja, perro, para que lo vean todos en la noche y a nadie se le oscura no pagarnos”. Del pickup sacaron dos galonadas de gasolina y la tiraron en el techo del rancho. Le dieron fuego y se fueron con el viento que soplaba el demonio.

Meme llegó a la cama, sintió el olor a hierro de la sangre, tocó a su mujer que ni siquiera gemía. Agarró a  Lalito, que parecía un muñeco de trapo, y se dio cuenta que la vida se había ido, quizá con el pick up que había llegado. Nada podía hacer. Se limpio con la manga de la camisa las unicas dos lagrimas que le salieron, y los sacó de la casa, uno por uno los sacó. El rancho ardía en el techo, pero asombrosamente, nadie de los vecinos más cercanos, a unos cincuenta metros, salía a ver.

Los puso lejos del rancho, y decidió irse a la mas mierda de ahí. Cruzo el cafetal, llegó al río, siguió adelante mientras la noche parecía seguirle con sus ojos de negra, hasta que llegó a la pavimentada. Siguió caminando como si fuera hacia San Salvador. A lo lejos miró un caballo que era traído por un señor, vio los tinacos moviéndose. Se cruzaron y se animó a saludar

– Buenos días le de dios… ¿que hora es?

– Buenos días muchacho, son las 4 y media, ¿para donde va?

– Ejem… voy lejos, muy lejos, pero ahorita voy a la capital.

– Mire, se ve azorado usté, algo le ha pasado.

. No tiene ni idea… por eso me voy.

– Mejor súbase al bus, que ya va a venir, por ahi andan los maras, los ví allá atras, esperando a saber a quien, riéndose y borrachos. Mire, tomese un vaso de leche, todavía está caliente.

– Gracias, le agradezco, tiene razón.

Y estuvo platicando un poco de la situación, de la economía, de lo enganchado que se sentía, de las decepciones… hasta que se oyó que venía el bus a lo lejos.

Le hizo parada, agradeció al viejo haberlo acompañado y se subió al bus. Un día después estaba en Guatemala. Tres días después estaba en la frontera con México. Seis días mas tarde, estaba arriba de un tren.

– Puta, dicen que esta bestia es peligrosa.

– No jodas, aquí hay que ir cuidándose el culo con una mano y con la otra, agarrandose bien el pistío.

Frío, frío y soledad. Soledad y desconfianza. Desconfianza y temor. Temor y el recuerdo de Lalo y de la

Tere. Vida mas mierda.

La Bestia iba despacio, tan despacio que cualquiera podía subir si quería, estaban cerca de Coatzacoalcos. De repente oyo “bajéns

e todos aquí, y ninguno haga ruido ni diga nada”. Miró al tipo con la metralleta y se enteró que había por lo menos ocho de ellos con sus “cuernuechivo”.

No hay mas que hacer. Se los llevaron a todos, a los cincuenta, caminando en medio del bosque, unos quinientos metros en la montaña. Ahí los tuvieron hasta que llegaron otros cinco en una gran “troca”, y con las pistolas al cinto. Fueron llamando uno por uno “¿Tenes celular donde podemos llamar?, No? Dale mecha a este cerote, vos”, y se lo llevaban a otro lado. Meme respondió lo mismo, al fin de cuentas, el no tenía celular donde llamaran, ni Tere que lo esperara, ni Lalo a quien abrazar.

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