Amor de lejos… Un cuento de juliomartinez

Se besaron de la manera más tierna que puede existir, y se juraron entre ellos un acuerdo, un convenio, un pacto. Él la esperaría durante los dos años de sus estudios fuera del país, mientras ella pensaría todos los días en él. Y así fue.

Yo recuerdo a este tipo, colochito, de ojos profundos, de caminar rápido, a quien de vez en cuando se le trababa la lengua, y quien usualmente se fumaba un cigarrillo de maryjane. Estudiaba en la UES, Letras para más pelos. No digo más porque se va a reconocer y lo van a reconocer. Bueno, digo algo más: el poeta más meláncolico y angustiado que he conocido.

Así que el “maestro” se dedicó durante esos dos años a escribirle cartas, poemitas bonitos, dedicarle pensamientos, mirar a otras muchachas (y en este caso, mirar está usado sin extension conceptual, es decir, mirar es mirar, no salir con ellas, ni en el sentido bíblico, “conocerlas”), apenas hablarles y conversar con los amigos, entre los cuales orgullosamente estaba el chele y yo -un trío-, con el “maestro” compartíamos muchas cosas, fumábamos, birriábamos, trabajábamos, frecuentábamos a los mismos o casi a los mismos panas, y en las tardes salíamos del trabajo a tomarnos un café en el Bella Napoles.

El otro del trío de panas era el locazo de Arcatao. Quizá el más serio de los tres, fumaba cigarrillos Rex a las cinco de la mañana, se tocaba el bigote con mucha frecuencia y caminaba lento. Estudiaba Sociología en la UCA, andaba en moto como los otros del trío, era muy reflexivo y tenía una voz suave. Por mi lado, venía de estudiar biología, estudiaba trabajo social, ya me había casado, tenía a mis primeros dos retoños: Julin y la Chelita. Me sentía serio, pero fregón, casi igual que ahora.

Ella, la novia del “maestro”, quizá, seguramente, dedicó algunos pensamientos a su amor de lejos -no sigo-, y al rato le pasó algo más en la mente y quizá en el cuerpo también, eso no sé. Ni me atrevo a elucubrar. Solo reflexiono que es posible.

Un día, el “maestro” me pidió que le echara una manita, que quería ir al aeropuerto a recoger a su noviecita, y que necesitaba que me hiciera el loco si no estaba. Yo era su responsable en el trabajo, así qué ¿cómo no?, y me dijo que tenía que conseguirse un taxi, para ir a recogerla -creo que en ambos sentidos-.

Solo demen un segundo para darle un mensaje al Beto -esto no forma parte del cuento-. Beto: si no entendés algunas partes del cuentecito es por los dobles sentidos, reversas y timonazos que voy dando, preguntame, no te quedes con la duda, ni te hagas bolas, es más, estoy dispuesto a contartelo cuando nos veamos en la universidad. Vaya, mensaje dado.

Pues sí, se consiguió el taxi, y se fue a las 10 de la mañana al Comalapa que ahora le llaman El Salvador, como si les diera pena el nombre del pueblito que le presta su nombre. Conque no me da pena a mí, que tuve una tía llamada Escolástica, a quien le decíamos la Tía Colaca. Yo deje de decirle así, cuando conocí la palabra Cloaca.

Así que… ahi estaba el “maestro” con su ramito de flores, su camisita roja de tela oxford, metida dentra del jean, sus zapatitos lustraditos, bien bañadito, con los colochos peinados y el bigotito recortado.

La fulana se bajó del avión con muchos pensamientos en su cabeza y buscando la manera de detener el corazón que galopaba como corcel desenfrenado -casi como el mío- y tratando de buscar rápidamente en el baúl de la lexicografía las palabras que calzaran perfectamente en la situación y causaran el dolor más tenue del mundo.

Recorrió los pasillos de los tuneles de tránsito del avion hacia el edificio del aeropuerto, bajo las gradas hacia migración, selló su pasaporte de entrada, sintió el calor mierda del Comalapa, recogió su maleta, no sin antes putear a la aerolínea porque esta no aparecía.

El “maestro” estaba en espera desesperante, mientras desde lejos la miraba y con una mano hacía señales y con la otra sostenía el ramos de rosas rojas que empezaban a marchitarse porque ya tenían rato de estar ahí, por el calor, porque las había comprado la noche anterior y fundamentalmente, porque las rosas tiene presentimientos y lo reflejan en sus pétalos.

Ella sacó las maletas, caminó hacia la salida, la luz de muestreo para registro de maletas le dió verde, el policía la miró pasar y le siguió el contoneo de las nalgas mientras sonreía y se volteaba a ver con el otro policía del otro carril.

El “maestro” de ojos profundos sonrió, levanto las cejas, extendió las flores que ella tomó sin asomo de pasión, él abrió los brazos y ella lo detuvo.

“Tengo otro novio que me ha venido a traer aqui, ahora mismo”. ¿Cómo pudo pasar eso? la explicación es que ella iba al cine y miraba dos películas a la vez.

Las rosas se marchitaron de manera instántanea.

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